EL CEIBO

ICONO y SIMBOLO DE ESTAS CUARTAS JORNADAS
DE
ECONOMÍA ECOLÓGICA
Flor Nacional de Argentina y Uruguay
La Flor nacional de la Argentina y el Uruguay es el ceibo, cuyo nombre científico es Erythrina crista-galli.
En la Argentina, el 23 de diciembre de 1942 mediante el decreto 13.847 del Poder Ejecutivo fue declarada como tal. Al ceibo también se lo conoce por los nombres de seibo, seíbo, gallito o bucaré. También es la flor nacional del Uruguay.
Motivos de la designación en Argentina. Para designar a la flor nacional el Ministerio de Agricultura designó una comisión especial que propuso al ceibo como flor nacional. Entre otros considerandos, el decreto 13.847 resalta como motivos de la elección:
- Que la flor del seibo ha merecido la preferencia de gran número de habitantes de distintas zonas del país, en las diversas encuestas populares promovidas por órganos del periodismo y entidades culturales y científicas.
- Que estas circunstancias han determinado el conocimiento de la flor del seibo en casi todos los países de Europa y América, donde ya figura, en virtud de dichos antecedentes, como representante floral de la República Argentina.
- Que la flor del seibo, cuya difusión abarca extensas zonas del país, ha sido evocada en leyendas aborígenes y cantada por poetas, sirviendo también de motivo para trozos musicales que han enriquecido nuestro folklore, con expresiones artísticas de hondo arraigo popular y típicamente autóctonas.
- Que el color del seibo figura entre los que ostenta nuestro escudo, expresión de argentinidad y emblema de nuestra patria.
- Que además de poseer el árbol del seibo, por su madera, aplicaciones industriales, su extraordinaria resistencia al medio y su fácil multiplicación han contribuido a la formación geológica del delta mesopotámico, orgullo del país y admiración del mundo.
- Que diversas instituciones oficiales, civiles y militares, han establecido la plantación del seibo al pie del mástil que sustenta nuestra bandera, asignándole así un carácter simbólico y tradicionalista.
- Que por otra parte no existe en la República una flor que encierre características botánicas, fitogeográficas, artísticas o históricas que hayan merecido la unanimidad de las opiniones para asignarle jerarquía de flor nacional, por lo que las predilecciones, como se ha puesto de manifiesto en las encuestas y concursos llevados a cabo.
- Que además no existe la posibilidad de que una determinada planta abarque sin solución de continuidad toda la extensión del país por la diversidad de sus condiciones climáticas y ecológicas.
El Ceibo es un árbol típico del monte ribereño, característico de las sabanas inundables del sur de América y de la ecorregión Delta e Islas del Paraná.
Esta región inundable, alimentada por los ríos Paraná y Uruguay está definida por un clima subtropical y una región rica en flora y fauna. Los impactos ambientales que afectan su estabilidad tiene relación con la expansion de represas hidroeléctricas, el calado del río (en particular el Paraná para la salida de buques de ultramar que se llevan granos, petróleo y minerales), la expansión agrícola y urbana, la caza y la pesca industrial y la polución y contaminación ambiental.

El paisaje de la región se representa en islas bajas inundables y extensas costas de tierras bajas. La presencia permanente de cuerpos de agua cre un clima de alta humedad y mitigación de temperaturas extremas lo que facilita la presencia de comunidades y especies tipicas de los climas subtropicales y su migración por los cursos de agua hasta el Rio de la Plata.
La vegetación de la región consiste en masas forestales y arbustivas junto pastizales y comunidades hidrofílicas y acuáticas a la vera de los ríos y canales.
Los árboles típicos de la región son por ejemplo el Salix humboldtiana (sauce criollo o sauce colorado), Tessaria intergrifolia (aliso),
Erythrina crista-galli (ceibo). Las comunidades acuáticas incluyen a los camalotes, de los géneros Eichhornia y Reussia, el irupé (Victoria cruziana), el pirí (Cyperus giganteus) y las totoras (Typha latifolia y Typha cruziana) y el destacado cucharero (Pontederia lanceolata) (Cabrera 1976).
La diversidad de la región ribereña es destacada por numerosos autores y foco y necesidad de protección frente a las amenazas antrópicas. En la reserva Otamendi, al norte de nuestra Universidad sobre la ruta 9, junto al río se extiende el monte ribereño con vistosos ceibos, que en primavera lucen sus flores rojas, sauces criollos y canelones. Allí viven aves como la choca corona rojiza, la pava de monte y el boyero negro, que construye un nido colgante con fibras vegetales.
En las áreas aledañas, los pajonales forman manchones de juncos, totoras, pajas bravas y espadaña, entre otras hierbas de gran tamaño. En los espejos de agua flotan innumerables repollitos de agua junto a otras plantas sumergidas, hábitat de la tararira y el sábalo; de aves acuáticas como la gallareta, patos y cisnes; y de anfibios como la rana criolla. En este ambiente, también se desarrollan el carpincho y el ciervo de los pantanos, entre otros animales. Pueden observarse el junquero, el siete colores, el federal de plumaje negro y capuchón rojo, además de varias especies de gallinetas y burritos.
Sobre el valle del río Luján se encuentran pastizales salobres de pelo de chancho con matas de hunquillos donde anidan el espartillero enano y el pampeano. Los bosques de tala crecen en la antigua barranca del Paraná y albergan a la comadreja overa y pájaros como la tacuarita azul y el chinchero chico. En dirección oeste, por encima de este despeñadero, se preserva una pequeña área de pastizal pampeano típico de la pampa ondulada. En este sector predominan los pastos como las flechillas y las colas de zorro, además de algunos arbustos bajos. Durante la primavera es común divisar al misto, llamativo por su canto y el vuelo que realiza.
La leyenda La tradición oral cuenta con una la leyenda que en las orillas del Paraná vivía una indiecita “fea”, de rasgos toscos, llamada Anahí.
Aunque era fea, en las tardes veraniegas deleitaba a toda la gente de su tribu guaraní con sus canciones inspiradas en sus dioses y el amor a la tierra de la que eran dueños...
Pero llegaron los invasores, esos valientes, atrevidos y aguerridos seres de piel blanca, que arrasaron las tribus y les arrebataron las tierras, los ídolos, y su libertad.
Anahí fue llevada cautiva junto con otros indígenas. Pasó muchos días llorando y muchas noches en vigilia, hasta que un día en que el sueño venció a su centinela, la indiecita logró escapar, pero al hacerlo, el centinela despertó, y ella, para lograr su objetivo, hundió un puñal en el pecho de su guardián, y huyó rápidamente a la selva.
El grito del moribundo carcelero, despertó a los otros españoles, que salieron en una persecución que se convirtió en cacería de la pobre Anahí, quien al rato, fue alcanzada por los conquistadores.
Éstos, en venganza por la muerte del guardián, le impusieron como castigo la muerte en la hoguera.
La ataron a un árbol e iniciaron el fuego, que parecía no querer alargar sus llamas hacia la doncella indígena, que sin murmurar palabra, sufría en silencio, con su cabeza inclinada hacia un costado.
Y cuando el fuego comenzó a subir, Anahí se fue convirtiendo en árbol, identificándose con la planta en un asombroso milagro.
Al siguiente amanecer, los soldados se encontraron ante el espectáculo de un hermoso árbol de verdes hojas relucientes, y flores rojas aterciopeladas, que se mostraba en todo su esplendor, como el símbolo de valentía y fortaleza ante el sufrimiento.