Uno de los méritos del último libro de Carlos María Vilas, El poder y la política, es el de invitarnos a reponer en el centro de nuestras reflexiones sobre la vida de los pueblos el problema, fundamental, de las pasiones de los hombres. Problema decisivo, en efecto, por lo menos desde que los grandes autores de lo que se conoce como el “gran racionalismo” del siglo XVII, como Thomas Hobbes o Baruch Spinoza, lo pusieron en el corazón de los grandes cuerpos de ideas que nos legaron. Es que el “contrapunto” –como lo llama Vilas– entre la razón y las pasiones forma parte desde el comienzo de la gran aventura filosófica de los siglos que solemos calificar como modernos. Y del mismo modo que él, forma parte de esa misma gran tradición de la filosofía moderna el señalamiento de que, entre todas las pasiones de los hombres, hay dos que deben ocuparnos especialmente cuando pensamos en la forma, los modos y las instituciones en que se organiza su vivir común: el temor y la esperanza. El temor al otro (a la amenaza implícita en la mera presencia o en el acercarse a nosotros de ese otro) y la esperanza de tejer con ese otro un futuro de mayor felicidad. Me parece que puede ser interesante traer el tema de la contraposición entre estas dos pasiones al centro de nuestro debate de estos días (mejor: del debate que en estos días ha vuelto, por enésima vez, a abrirse entre nosotros) sobre la cuestión de los “jóvenes” y la “inseguridad”.

Leer la nota completa publicada el martes 17 de septiembre de 2013

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