ENTREVISTA

Gabriela Mansilla es la autora del libro Yo nena, yo princesa. Luana, la niña que eligió su propio nombre, recientemente editado por el sello de la UNGS. Se trata del diario de la madre de Luana, la niña que a los 6 años obtuvo un nuevo DNI con la indicación del sexo en el que había elegido reconocerse. Acompañada por la secretaria académica de la Universidad, Gabriela Diker, Mansilla brindó una extensa y emotiva entrevista al programa El Aire, de la radio de la UNGS.

–¿Por qué es importante dar a conocer la historia de Luana?

Gabriela Mansilla (GM): –Porque sé que hay otras nenas y nenes que nacieron biológicamente de una manera y se autoperciben de otra. Creo que con este libro puedo llegar a las mamás, a los familiares que ven que el chico se comporta de una manera atípica. Hay que ayudar a esos chicos a través de los adultos. La meta es que alguien que lea este libro pueda cambiar la vida de sus chicos. El adulto debe abrir la cabeza. Por eso están narrados los diálogos que tengo con Luana: porque nadie te va a decir quién es tu hijo más que tu hijo mismo.

Gabriela Diker (GD): –Hay que destacar en la historia que cuenta Gabriela las manifestaciones de persistencia extraordinaria en una niña tan pequeña y algo que no podía ser escuchado, que era el sufrimiento y la angustia que manifestaba Luana. Además de la decisión de escuchar, ahí hay una madre que acompaña, como toda madre acompaña a sus hijos.

GM: –Hubo 4 años de persistencia de Luana en decir quién es. Entre los 2 y los 4 años se la reprimió totalmente; la reprimí yo por indicación de la primera psicóloga.

–¿En que consistía esa indicación?

GM: –Pedía que, con firmeza, toda la familia le quitara cualquier cosa que se le ocurriera de femenino, y que cada vez que me dijera “soy una nena” simuláramos no escucharla. Pero no escuchar al niño es violencia. Luana, en lugar de recibir amor, un abrazo, recibía castigos constantes.

GD: –¿Cuáles fueron las cosas que tuviste que reprimir?

GM: –Se escondía en el baño para ponerse el cubre-cesto del baño como una pollerita. Se desesperó por el color rosa, porque las nenas se visten de color rosa. No había nada de nena en mi casa porque su hermano, mellizo, es varón. Entonces agarraba trapos o mi ropa… Empezó a buscar en un mundo de varón cosas de nena, y como no había las inventaba. Y en el jardín de infantes, que es terrible, jugaba en el rincón de las nenas y la echaban al rincón de los nenes. Cuando se lo contaba a la psicóloga no me prestaba atención. Yo sentía que ella no encajaba en ningún lado. ¡Me cuestionaron tanto el pedido del DNI…! Cuando se sancionó la ley de identidad de género pensé que no podía ser que yo tuviera a la nena enferma y no pudiera ni siquiera llevarla al médico porque la avergonzaban. Eso me dolía.

–¿Qué papel cumplió la Comunidad Homosexual Argentina?

GM: –Llegué a la CHA después de haber pasado por varios psicólogos para mí, para mi nena y para el hermanito. Valeria Paván, la psicóloga de la CHA, me hizo un certificado para ahorrarme las situaciones de discriminación. Ahí pedía que se respetara la identidad de la nena. Se le exigía constantemente a Luana que se comportara de una manera que no la hacía sentir bien y la afectaba psicológicamente. Hay un 80% de las personas de esta condición que terminan en suicidio, y yo no iba a dejar que a mi nena le sucediera algo así. Lo que encontré en Valeria fue simpleza: no le tuve que explicar qué era lo que le pasaba a Luana. Cuando me escuchó decir tres o cuatro palabras sobre su comportamiento, me dijo: “es una nena trans”. Valeria le dio la oportunidad de poder manifestarse como quería, la dejó libre.

GD: –Toda la historia que cuenta Gabriela le da otro sentido al papel de la Universidad en la publicación de este libro. Luana confronta a los profesionales con los límites de su propio saber y con las prácticas instituidas de intervención sobre los cuerpos de los niños.

GM: –Uno busca en el profesional una solución, pero muchas veces él no la tiene. Cuando vas al pediatra él no adivina lo que el chico tiene: te pregunta a vos, que sos la mamá, cuánto tuvo de fiebre, qué pasó, qué sentía, y de ahí elabora un diagnóstico. Si yo voy a la psicóloga y le digo que la nena se comporta de determinada manera pido que me escuche, porque soy la que convive con ella. El profesional no se puede encerrar en sus conocimientos y no salir de ahí.

GD: –Claro, pero eso también es un modo de pensar las profesiones. Por eso el libro es muy interesante: pone sobre la mesa la discusión de las categorías en uso en la práctica profesional, nos obliga a producir conocimiento nuevo y a formar profesionales con otras miradas.

–¿Cuál es la importancia de que desde una universidad se publiquen y se den a conocer estas historias?

GM: –Este sería el primer registro de niños trans en Argentina y es importante que no sea editado por una editorial comercial. Yo no hablé con Gabriela (Diker) o con Pablo (Bonaldi, secretario de investigación) para hacer un “negocio”, no… En la presentación, en la Feria del Libro, me sentí muy respaldada por el conocimiento y la humildad de ellos y por el prestigio de la Universidad.

GD: –Hubo muchas razones por la cuales creímos que debíamos publicar esta historia. La UNGS se interesa por participar en los debates públicos, y este caso fue la posibilidad de oficiar como caja de resonancia de esos debates. Entre todas las voces que habían participado en esta historia (profesionales, familiares y organizaciones militantes), la voz de la universidad no podía faltar. Este libro, en esta universidad, es un manifiesto político sobre la ampliación de derechos.

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