“No se puede leer sobre seguro”

Invitado a brindar la conferencia inaugural del XIV Encuentro de Bibliotecas del Noroeste del Conurbano Bonaerense, el escritor Juan Sasturain visitó el campus de la UNGS y fue entrevistado en el programa El aire de la Uni. Habló sobre libros, lecturas, literatura y géneros literarios, todo ello atravesado por su experiencia y su tono entusiasta.

–En la novela Dudoso Noriega hay una dedicatoria a Ricardo Marcángeli: “que me enseñó a leer”.

–Sí: está dedicado al Pelado Marcángeli, mi profesor de castellano y de historia en los primeros años del secundario en Mar del Plata, entre el 55 al 60. Fue cuando empecé a leer como un desaforado. Marcángeli fue uno de los que me enseñó que la lectura no era sólo para las crónicas de fútbol, sino que podía ser una fuente de placer.

–¿Entonces creés que hay formas de promover la lectura?

–No hay fórmulas pero la lectura es una cuestión independiente del futuro del libro: se va a seguir leyendo sobre cualquier soporte, o se va a seguir oyendo, mientras existan la lengua y la transmisión de historias. Reivindico el gusto por la lectura, no la necesidad: nadie puede imponerte el gusto por la lectura. Pienso más en una teoría del derrame. Que sí funciona, no como la teoría liberal de la economía: cuando encontrás a alguien que lee, que disfruta la lectura, sentís que algo te estás perdiendo. Por eso es lindo encontrar gente con entusiasmo. Admiro la gente que se entusiasma.

–Como esos vendedores de libros que sugieren y te invitan a la lectura….

–Claro, son los que laburan de libreros para leer. Es uno de los mejores laburos para leer. A mí también me gustan esos bibliotecarios que cuando vas a pedirles un libro están entretenidos leyendo y les tenés que golpear la mesa para que te atiendan.

–Decías en tu conferencia que te entusiasma el bibliotecario lector.

–El bibliotecario es un mediador. Todos somos mediadores, quién sabe de qué. Pero ellos son conscientemente mediadores, y esa es una posición privilegiada que genera tácitas actitudes y responsabilidades. ¿Por qué se elige ser bibliotecario? Por la relación con los libros. Los libros pueden ser forrados, clasificados, etiquetados, prestados, pero siempre son para ser leídos. Si no, no sirven para nada. La cantidad de libros que se venden no quiere dice nada sobre cuántos libros se leen. En nuestras propias casas hay libros que nunca se abrieron, y en las bibliotecas ni hablar. Lo importante es que los libros se lean. Si no, no existen. Y la biblioteca debería ser un lugar privilegiado donde hacer que la lectura sea posible.

–Una iniciativa que invita a la lectura de literatura policial argentina es la colección Negro absoluto, que dirigís.

–Fue un desafío para los escritores convocados: Ricardo Romero, Leonardo Oyola, Osvaldo Aguirre, Elvio Gandolfo, entre otros. La propuesta fue que escribieran tres novelas con un único personaje, y que la historia se desarrollara en la ciudad de Buenos Aires. Algunas transcurren en el futuro, otras en la década del 30. Por ejemplo, a María Inés Krimer le propuse que hiciera una especie de Miss Marple, pero ella creó a una abogada judía cuarentona, muy linda, que va al frente. Es una linda colección. La novela policial está pasando por un momento de reconocimiento, se escribe mucho sobre ella, y se publica mucho. Además, hay encuentros de literatura policial, como el Festival Azabache de literatura policial y negra en Mar del Plata, el Buenos Aires Negro (BAN), o el “Córdoba mata”. También las universidades se suman a este impulso. Por ejemplo, la Universidad Nacional de Villa María publica una lindísima colección de policiales.

–En el Festival de Literatura Filba Nacional, en Azul, participaste leyendo poemas. ¿Cómo es tu relación con la poesía?

–Fue lo primero que escribí, pero tuve la suerte de no publicarlo: era espantoso. Mis poemas no mejoraron, pero me puse más caradura y publiqué un libro de poesía que juntaba poemas de las años 70 hasta los 90, que se llama Carta al sargento Kirk y otros poemas de ocasión. Son poemas políticos, alevosamente políticos. Y hace unos años que estoy escribiendo cosas entre las que se encuentra la serie The Carne Blues, que leí en Azul.

–¿Y escribir poesía es el mismo tipo de trabajo que escribir novelas?

–Escribo poesía como una forma de expresión más libre. Y la contratapa de Página/12, los lunes, es un espacio de mucha libertad para publicar esa producción. La serie The Carne Blues la escribí a partir de una convocatoria que hicieron en esa hermosa revista que es La mujer de mi vida. El tema de un número era la carne: la carne y el mundo, como una forma de la tentación y el pecado. Y a mí no me salía nada, y entonces escribí sobre el peceto, el cuadril, el lomo. Me permitió ir hacia cualquier lado, y esos poemas funcionan. Leer poesía te lleva a un espacio de impunidad.

–¿Cuáles son las diferencias entre la revista Fierro que dirigiste en los 80 y la que se publica actualmente?

–Son muy diferentes. La primera salió del 84 al 92, fueron cien números. Era una revista con el espíritu democrático de la “primavera” alfonsinista y logró poner a las historietas en un lugar de mucha reflexión, distinto de los que habitualmente ocupaba. Hoy ya no hay revistas de historietas en el quiosco, y la Fierro que hacemos es una revista rara que se arma con lo que trae la gente. Es la única revista que hay, ojala hubiera más.

–¿Podrías sugerirnos algo para leer?

–No hay una receta para todo, y mucho menos para la lectura. Se empieza por ensayo y error. Lo más hermoso que tiene la literatura es que es infinita. Están quienes piden: “dame algo para leer porque no quiero perder tiempo leyendo boludeces”. Error: tenés que equivocarte. Hay que probar, porque no se puede leer sobre seguro.

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