Ser otro y la nada, el PRO e YPF

Por Rocco Carbone

No parece una derecha confesa. Mejor: el macrismo representa la concreción de la ideología del rechazo del Otro. Cuando no la ideología de la prohibición: esto último acontece cuando su color ideológico baja al nivel –plebeyo y saludable– de la calle y se apropia del amarillo de los cordones. Color del partido. Una forma del ser.

Ser significa ser para otro y a través del otro para sí. Mirando dentro de sí el hombre mira en los ojos del otro o a través de los ojos del otro. No puedo prescindir de él, no puedo devenir/ser yo mismo sin el otro. Y si esto es un postulado, en el caso del macrismo hay que invertirlo.

Hay innumerables ejemplos. Propongo tres apenas: dos situados en un pasado reciente, otro que tiene apenas un par de días, para mostrar que estamos frente a una línea de continuaciones.

Uno: simpaticón y divertido, podemos experienciarlo en la “literatura” capusottiana y en el discurso –“macrista”– de Micky Vainilla. De divisiones nos habla: “Unidos, pero no juntos” en la ciudad, vallas mediante, en función de la clase, alrededor del Obelisco. Pero también enfatiza con sus sketches la limpieza y la seguridad. Expresiones de clase que nos verifican la emergencia del desprecio por los “morochos”, “cabezas” y cualquier sector postergado puede ocupar esta categoría: populares.

Sectores sobre los que la gestión Macri articuló la dimensión del hombre como lobo del hombre a través de las rondas de la UCEP. Principio de discriminación y principio unificador, también, de los regímenes clásicos de derecha. Rondas, de nuevo, que meses ha, tendían a un “apartheid”. Un ghetto para aquellos que, según el jefe de Gobierno porteño, atentaban contra las buenas costumbres de la Buenos Aires que estaría buena. Propuestas de sanciones contra “vagos, ociosos y malentretenidos”, seres omnipresentes que representan el correlato, bajo el perfil de infractores, de la ciudad puertomaderizada (prótesis menemista en la ciudad actual). Movimientos nocturnos que ubicaban a ese otro en el terreno de lo “espurio”, “defectuoso”, “inferior”; en ese contexto, irracional defenderlo u ocuparse siquiera de él. Como complemento: a las víctimas, también, se les deslizaba que su comportamiento –es más: su misma existencia– era irracional. Contraria a las reglas. Por el revés, la opresión de sus derechos devenía racional. En definitiva: una forma de “indiferencia” hacia un otro con menos medios, menos cultura, menos capacidad de afirmar sus derechos. Y en cuanto a los derechos, la política, en un sentido fuerte –tal como suele repetir un educador argentino– es lo que nos hace transitar de la postulación de un derecho en abstracto a la práctica efectiva y la concreción, al ejercicio, de ese derecho abstracto, ahora, realidad.

La ideología del rechazo PRO se hace cuerpo en su postura frente a las políticas del gobierno nacional. La política energética, sin más, y en la repuesta “no positiva” del macrismo a la expropiación del 51 por ciento de las acciones de YPF. Esto es: a la recuperación del control estatal sobre una de las compañías emblemáticas del desarrollo productivo. Con ese voto “no positivo”, complementariamente, el PRO se ha desambiguado (mejor: se ha confirmado en su tejido una vez más). El economista Ricardo Aronskind lo pone así en su Facebook: los del PRO, “de pretender una imagen difusa de ‘buena onda’, han pasado a comportarse como los menemistas residuales que son”.

La conciencia política y civil de las democracias modernas no puede sino mantener abierto el canal de comunicación y comprensión hacia su propia historia –nacional y subcontinental en la sincronía porque la memoria y el sentido de la historia no pueden soslayarse si se quieren aprehender de antemano el alcance y los efectos de las señales de rechazo del otro a futuro–, sobre todo cuando se trata de recobrar soberanía. Soberanía alrededor de la cual en los días pasados se articuló una comunidad política moderna, abierta, de aceptación y respeto de las diferencias ideológicas –pese a algunos y previsible deslices–, que desarticula la arcaica –pero aún no domada– pulsión de deformar, perseguir o aniquilar lo distinto: el otro.

* Universidad Nacional de General Sarmiento, Conicet.

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