Estudiantes, graduados/as y docentes de Lengua y Literatura asistieron a una función de La gaviota. Ensayo abierto
El pasado sábado 24 de octubre, estudiantes, graduados y docentes del Profesorado en Lengua y Literatura asistieron a una función de La gaviota. Ensayo abierto, reescritura de La gaviota, de Antón Chéjov (1860 - 1904). La actividad, organizada por el Área de Investigación en Lengua y Literatura, nos propuso asistir a una revisión del clásico chejoviano de 1896, en la que se produce una complicidad entre las actrices y el público al compartir la idea de que se está frente a la “representación de la representación de la representación”, puesto que se trata de la puesta en escena del ensayo de una obra cuyos personajes –al igual que sus intérpretes– se encuentran representando ficciones que conjugan con la expresión de las particularidades de sus personalidades.
Efectivamente, antes de comenzar, la actriz gallega Déborah Vukušić recibe a los espectadores con una aclaración y dos peticiones: por un lado, la obra se propone mostrar el proceso creativo y personal que supone un ensayo teatral; por otro, quienes se encuentran en la sala deben apagar sus celulares o silenciarlos (pedido no menor para estos tiempos de dispersión y fuerte apego tecnológico), y cerrar sus ojos durante 30 segundos, mientras las actrices terminan de disponer los elementos en el escenario y se ubican para dar comienzo al primero de cuatro actos, respetando la división del texto original. Esta segunda medida, que no requiere un corrimiento de telón, sino la habilidad de un juego de luces que se mantendrá hasta el final para direccionar la mirada y realzar representaciones, nos recuerda que el teatro es un arte vivo, que permite la actualización constante de las interpretaciones, pero también de las emociones que circulan y se comparten entre artistas y audiencia. Hay, entonces, comunicación.
Ahora bien, antes de pasar a la propuesta escénica, debemos tener en cuenta que se trata de una reinterpretación, así que recordemos por un momento el argumento detrás del clásico. Chéjov expone en un heterogéneo listado de personajes las subjetividades que acarrean, las motivaciones que los impulsan y, por encima de todo, cómo esas mismas determinaciones resquebrajan los vínculos que entablan. Podemos, asimismo, reconocer que las directrices están puestas en cinco personajes: Konstantin Tréplev, Irina Arkádina, Nina Saréchnaia, Masha y Borís Trigorin; son ellos quienes nos enfrentan a la idea de que los intereses puramente individuales nos llevan al hundimiento personal.
Tal es así que Tréplev, joven escritor, se obsesiona con la idea de trascender artísticamente, pero se encuentra soslayado por la figura de su madre, Arkádina, cuya vida de actriz célebre la lleva a desentenderse no solo de su hijo, sino de la persona que es actualmente, ciñéndose a una imagen pasada y estática de belleza y gracia. Nina, por otro lado, es una aspirante a actriz que resulta una especie de musa para los hombres que la rodean, quienes destacan de ella su valor estético, cualidad que no le será de ninguna utilidad, puesto que se entrega a Trigorin –novelista y amante empedernido– a favor de sus convicciones, pero este, en su infinito egocentrismo, no será para ella más que una desgracia. Finalmente tenemos a Masha, hija del administrador de la finca donde transcurre toda la obra, que se perfila como un personaje incomprendido y desdichado, puesto que no puede amar a quien la ama, pero tampoco a quien sí ama, en este caso, Tréplev, ya que no le corresponde.

Llegamos a lo que nos compete: ¿Qué hace la producción de La gaviota, ensayo abierto, de Santiago Cortegoso y Neto Portela con la obra del dramaturgo ruso? ¿Y qué tipo de recurso le supone esta al mismo tiempo?
Principalmente, hay que destacar el método detrás de este proyecto: tres actrices, una gallega, Vukušić, y dos argentinas, Eugenia Alonso y Carmela Rivero, se suben al escenario para interpretar no solamente la obra que nos convoca, sino sus propias vidas. Ellas, que encarnan tres generaciones distintas, entrecruzan la representación del arte (la obra misma) con la representación de su producción (el ensayo) y la de sus experiencias a través y por el arte, al intercalar momentos en los que se comparten y le comparten al público cómo fueron sus inicios en la actuación, pero también cuáles son sus orígenes y por qué decidieron dedicarse al teatro. Porque sí, sostienen la idea de que hay vocación detrás de esa elección, como también hay resistencia, es decir, desde su lugar de mujeres reconocen que aún persisten lógicas que operan a favor de ciertas imposiciones de género; señalan que el mundo en el que vivimos es el mismo de antes, que la historia se repite y las víctimas y victimarios son los mismo de siempre, solo que han cambiado o actualizado los mecanismos, esto es, las nuevas tecnologías.
Bajo esta impronta, las tres protagonistas nos van descubriendo los personajes y comentando sus experiencias, y es acá donde surge una especie de amalgama entre ellas y tres de los personajes femeninos del texto clásico, Arkádina, Nina y la criada, de quien se aclara entre risas que resulta un papel menor, pero cuya presencia ya resulta relevante (la asociamos a su clase social). Vemos así que no se necesitan más que tres actrices para interpretar las personalidades de la obra, dado que la mirada está puesta en ellas, con su corporeidad y sentimientos, a diferencia de los personajes masculinos, representados por maniquíes, inanimados y manipulados para la interpretación. El conflicto ya no gira en torno al joven Tréplev, ni a ninguno de los personajes en particular, ahora tiene que ver con la exposición de estas tres figuras, de sus complejidades y de cómo sus configuraciones y desenlaces tienen un correlato en la vida que habitamos.
Camila Bono, Graduada del Profesorado en Lengua y Literatura








