Estudiantes, graduados y graduadas de Lengua y Literatura asistieron a una función de Otello, de Giuseppe Verdi
En el marco del Área de investigación de Lengua y Literatura de la UNGS, el pasado jueves 13 de agosto asistimos al ensayo general de la ópera Otello, de Giusseppe Verdi (1887), en el Teatro Colón de la ciudad de Buenos Aires.

La ópera de Verdi, estrenada en 1887 e inspirada en la tragedia de William Shakespeare, cuenta, a través del libreto de Arrigo Boito, la historia Otello, un general que trajo consigo el eco de la victoria, envuelto en el manto del respeto y el fervor de su pueblo. Lo poseía todo, unido en sagrado lazo al amor de su vida, Desdémona. Su cielo estaba limpio, hasta que la tormenta lo alcanzó. Aquella tormenta llevó el nombre de Iago, su alférez, quien guarda un profundo odio hacia él. El nombramiento a Cassio, como lugarteniente, despierta la feroz envidia de Iago, tras serle denegado el ascenso, por lo que, sediento de venganza emborracha a Cassio y provoca una pelea para que pierda su cargo militar. No satisfecho con el evento, comienza a manipular a Otello y a Cassio, pues ya no desea poder, posición ni dinero. Sólo tiene un objetivo: ver caer a Otello. Preso del rencor, finge ser su amigo más leal y consejero de confianza. Allí comienza a tejer una red de mentiras, dejando frases sin terminar y silencios incómodos, logrando así que Otello mire a su enamorada con ojos cargados de desconfianza; cada movimiento y frase de su amada toma un significado diferente, el amor entre ellos se tiñe de recelo y sospecha. La incertidumbre y el enojo hacen que Otello le exija a Iago, aunque sea, una sola prueba para confirmarlo; así es como Iago relata que Cassio, su teniente, mantiene un romance con Desdémona, desatando un violento arrebato de celos en su general.
En la obra de Shakespeare, se revela que Iago teje su plan a partir de un objeto y una situación capaz de confirmar cualquier duda en Otello: un fragmento de seda hallado en el lecho equivocado y el murmullo distante de dos siluetas, la de Cassio junto a Desdémona, bastaron para tejer la trampa. Iago no necesitó inventar la traición con grandes estruendos; le bastó regar el terreno con el veneno del silencio, suspendedor de verdades, y moldear la duda con respuestas a medias. Al sugerir en lugar de nombrar, convirtió un pañuelo perdido y una mirada casual en el espejo donde Otello contempló, ciego de celos su propia perdición. Una perdición transformada en ira, hostilidad y celos.
Mientras tanto, Cassio busca en Desdémona su única salvación, suplicándole que interceda ante Otello para rescatar de la deshonra su nombre y recuperar el rango que ha perdido. Pero el tiempo se ha agotado. Con la mente envenenada por los celos, Otello busca consumar su castigo sobre una Desdémona inocente, víctima de la falsedad urdida por Iago. Aquel pañuelo, fantasmal, prueba sembrada en el lecho de Cassio, termina de sellar la ilusión perfecta, transformando la mentira en una condena inevitable. Mientras Desdemona intenta defenderse, el engaño lleva a Otello hacia una tragedia irreversible: el asesinato de su propia mujer. Tarde se quita el velo de la falsedad y Otello, desencajado, toma en sus manos la daga que daría fin a su vida.

La Orquesta estable del Teatro Colón, bajo la dirección musical de Alejo Pérez logra representar la cúspide de la madurez artística de Verdi, quien rompió con las estructuras tradicionales de la ópera italiana para fundir la música y el drama en un flujo continuo y moderno. En el Teatro Colón, el maestro Alejo Pérez traduce esta genialidad con una dirección vibrante y de enorme autoridad al frente de la Orquesta Estable. Pérez logra una concertación impecable, extrayendo los matices más oscuros y delicados de la orquestación verdiana, y equilibrando de forma sublime la potencia del foso con las exigencias expresivas de los cantantes en el escenario.
En el plano visual, la puesta en escena de Fabio Sparvoli, apuesta por una atemporalidad poética de gran impacto visual. El elemento central de la propuesta es el mar, omnipresente a través de sofisticadas proyecciones de video que envuelven la acción dramática. La escenografía transita desde la inmensidad de las tormentas mediterráneas hasta espacios cargados de simbolismo, como el laberinto de arañas de luces cubiertas que materializa las intrigas de Yago, culminando en la alcoba de Desdémona, convertida en un altar trágico donde se sella el destino de la obra.

Cabe destacar, que, en ambas obras, texto original y ópera, se utilizan simbolismos de gran relevancia como la “seda sagrada”, el pañuelo, prueba del conflicto, no es un simple accesorio de moda. Si bien, en la obra no se menciona, aún sigue siendo un objeto relevante para desatar la ira del general. Otello le explica a Desdémona que el pañuelo perteneció primero a una adivina egipcia, quien se lo dio a su madre advirtiéndole que, mientras lo conservara, mantendría el amor de su esposo, pero si lo perdía, el afecto se transformaría en odio. Para Otello, la pérdida de esta prenda de seda equivale directamente a la pérdida de la fidelidad y la castidad de Desdémona.
Finalmente, cabe destacar la magnífica interpretación de uno de los dos elencos que se presentan en estos días en el Colón. Michael Fabiano, el tenor a cargo de Otello, desplegó virtuosismo y una coloratura precisa, además de una trabajada interpretación actoral, mientras que la soprano María Belén Rivarola impactó con la profundidad dramática y con la amplitud de su registro, especialmente, en el “Ave Maria” y en la melancólica “Canción del sauce”. El barítono Fabián Veloz alcanzó también momentos notables, con una destacada interpretación del aria “Creo en un Dios cruel”, momento en que la orquesta y el diseño escénico dieron cuenta del sentido siniestro de ese personaje. Finalmente, el Coro de Niños y el Coro Estable fueron brillantes y completaron el propósito verdiano de ese rol colectivo, de la voz del pueblo y de los poderosos.
Por Victoria Podesley, estudiante del Profesorado en Lengua y Literatura
Fotos de Victoria Podesley







