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Martes 31 de marzo de 2020

Economía feminista y latinoamericana

En el mes en el que se celebra, en todo el mundo, el día internacional de la mujer, cuatro notas sobre diferentes asuntos (la economía, el trabajo, la ciencia, la formación) nos permiten aproximarnos a las distintas formas en las que la UNGS expresa su decidido compromiso con la lucha en contra de la discriminación y en favor de la igualdad.

Pensar en la economía feminista el 8 de marzo nos invita a reflexionar sobre la forma en que esta perspectiva permite, ante la crisis ecológica, social y política, entender de otras maneras el vínculo entre la vida y la economía. De ahí la necesidad de reafirmar que la economía feminista no tiene como principal objetivo analizar la situación de las mujeres, sino preguntarse por las condiciones para la reproducción de la vida humana y no humana en el campo económico. Su idea central es que el sostenimiento cotidiano de los cuerpos y de los territorios conlleva un despliegue de energía y creatividad que ha sido desestimado en la comprensión de la economía. El esfuerzo por contabilizar la producción de valor que las tareas de cuidado y actividades domésticas aportan al PIB ha sido una apuesta estratégica de esta perspectiva. La CEPAL estimó que esa medida oscilaba, en el período 2010-2014, entre el 24,2 registrado para México y el 18, 8 medido en Guatemala.

El análisis de lo económico se entrecruza con la comprensión de lo que las distintas expresiones del patriarcado tienen en común. La desvalorización de lo femenino se manifiesta en una división sexual del trabajo que asigna a las mujeres el cuidado de la vida sin remuneración y sin reconocimiento cuando se realiza en los ámbitos de lo que ha sido llamado “privado”, y con bajos salarios y precarización laboral cuando ocurre en los ámbitos del trabajo remunerado. Entender la economía desde la dimensión del cuerpo y los roles asignados a los géneros permite mostrar el sesgo androcéntrico constante en las distintas escuelas económicas. Con la intención de propiciar el interés por los trabajos producidos en esta dirección comparto algunas de las ideas que este amplio campo de estudios ha generado.

Las escuelas clásicas estudian cómo los salarios condicionan las posibilidades de reproducción de las y los trabajadores como grupo social. La economía feminista muestra los vacíos en el análisis de la complejidad del trabajo de reproducción y las implicaciones específicas que para las mujeres tienen los distintos modos de producción. Por otro lado, la perspectiva marxista tuvo una amplia influencia en la economía feminista por su análisis de la centralidad del trabajo en la producción de valor y de las condiciones de explotación, aspectos que son ampliamente desarrollados por el feminismo en la comprensión de la especificidad del valor que produce el trabajo doméstico, generando debates que cuestionaron la organización de la sociedad y el lugar de la familia en el sistema capitalista, y que le dieron una enorme vitalidad a las posiciones sobre las diversas opresiones que confluyen en el trabajo reproductivo. A la vez, el feminismo ha producido críticas fecundas al marxismo y a su concepción desarrollista de la sociedad, que supone que la sofisticación del proceso productivo, el cambio en las relaciones de clase y la transformación del modo de producción incidirían en la superación de la opresión de las mujeres. La incomprensión de la complejidad y particularidad del trabajo de reproducción conlleva una mirada mecánica que no da cuenta del valor que produce este trabajo, históricamente feminizado.

En las últimas décadas la escuela neoclásica, hegemónica, ha recibido las mayores críticas, sobre todo por concentrar su análisis de la economía en el ámbito del mercado y por su conceptualización del homo economicus como un agente racional que toma decisiones en función da su interés individual a fin de maximizar sus beneficios en un contexto de escasez. Esta construcción del agente económico oculta las relaciones de cuidado e interdependencia que hacen posible la participación del ser humano en toda actividad productiva, así como el conjunto de trabajos domésticos cotidianos que son necesarios para la configuración del agente económico. La economía feminista muestra que la abstracción del homo economicus es androcéntrica porque remite a la figura de un trabajador masculino liberado de responsabilidades domésticas y de cuidado e ignora la multiplicidad de motivaciones que orientan el accionar humano y que no tienen en la maximización de la utilidad su único objetivo.

Asimismo, la economía feminista ha producido una diversidad de investigaciones sobre las consecuencias que tienen las distintas formas de institucionalización de la economía de mercado en las condiciones de reproducción. De ahí la vitalidad que ha tenido el análisis de las desigualdades en los mercados laborales, en el comercio internacional, en las políticas de desarrollo, en los tratados de libre comercio, en los programas de ajuste estructural, en la configuración de las políticas fiscales y monetarias, etc. Todas las investigaciones coinciden en mostrar que no existe ninguna política que sea neutral al género. Como tampoco a la raza, clase, edad y proveniencia, agregaríamos desde una perspectiva interseccional. De ahí la exigencia de que las políticas económicas hagan explícitos sus impactos en la vida cotidiana.

Pensar desde acá
La economía feminista alberga distintos énfasis, estilos de pensamiento, herramientas metodológicas, desacuerdos y controversias, como resultado de una vocación crítica que la lleva a revisar constantemente sus supuestos, así como del carácter situado de sus análisis. Esto quiere decir que no se puede hacer economía feminista sin tomar en cuenta la geografía concreta desde donde se enuncian las ideas y se producen las acciones. Pensar lo económico desde América Latina supone reconocer los procesos históricos particulares de la región, sus múltiples configuraciones sociales, las distintas posiciones que ocupan hombres y mujeres y las problemáticas específicas de territorios conectados de diversas maneras con las estructuras del sistema mundo.

Uno de los puntos de partida para la economía feminista formulada desde este lugar del mundo es reconocer los nexos sistémicos entre el patriarcado, el capitalismo y el colonialismo. No se comprende cómo funcionan nuestras sociedades sin atender los efectos que produce la conjugación de una matriz cultural que atribuye mayor poder y valor a los hombres, la constante expansión del capital por medio de sus variados dispositivos de despojo y explotación y la persistencia de un sistema de jerarquías, construido históricamente a partir de identidades étnico-raciales, de clase o de origen territorial, donde se naturalizan relaciones de dominación y se renuevan permanentemente los dispositivos de subalternización que hacen que las poblaciones consideradas no blancas en cada contexto afronten estigmatizaciones y desigualdades estructurales.

De otro lado, la diversidad de prácticas económicas históricamente presentes en la región conlleva la emergencia de la conceptualización de la economía popular y de la economía social y solidaria con una originalidad teórica que permite mostrar la diversidad de formas en que se institucionaliza lo económico más allá de la oferta y la demanda. Reconocer esta pluralidad permite formular políticas públicas que miren más allá del mercado. Y, en el cruce con una perspectiva feminista decolonial, cuestionar la división sexual del trabajo, darle fuerza a las maneras “otras” de reproducir la vida y reconocer las formas en que el trabajo de cuidado de la vida humana y no humana le ha dado a las mujeres, en muchas comunidades indígenas, afro y campesinas, un poder, prestigio y reconocimiento que contrasta con la opresión que caracteriza al trabajo doméstico que se desarrolla en ámbitos urbanos.

Estas perspectivas muestran la importancia de defender la pluralidad de formas de vida que se desmarcan de la lógica capitalista en un momento en que son amenazadas por la lógica de la acumulación ilimitada de ganancias. La economía feminista en la región incorpora en sus análisis las expresiones extractivas que toma la acumulación de ganancias mostrando cómo la racionalidad empresarial de crecimiento constante en la producción de beneficios radicaliza una agenda neoliberal que conlleva el avance de las lógicas mercantiles sobre los derechos sociales y los territorios urbanos y rurales amenazados por la gentrificación, la burbuja especulativa inmobiliaria y los desplazamientos que producen los megaproyectos, la minería o los monocultivos. Esta perspectiva teórica muestra que la contraparte de este nivel de acumulación es el aumento de las horas de trabajo en los hogares y la implementación de una diversidad de estrategias familiares y comunitarias para sostener la vida aumentando la intensidad y el tiempo de trabajo de las mujeres.

La pregunta por la emancipación presente en la economía feminista da cuenta de la vitalidad de las protestas sociales que, de México a la Argentina, están orientadas a la defensa de las condiciones para la reproducción de la vida. Una “feminización de la política”, que tiene en Chile su punto más alto, visibiliza la manera en que las distintas luchas ponen la reproducción de la vida en el centro de la agenda social al sacar de los hogares y comunidades las responsabilidades asociadas al sostenimiento de la vida cotidiana. De ahí la fuerza de las movilizaciones contra la violencia y el feminicidio, o en reclamo de la gratuidad y universalidad de la educación y la salud, las denuncias contra los tarifazos en los bienes y servicios básicos y la defensa y expansión de los derechos asociados al trabajo remunerado y no remunerado.

En el 8M y el paro de mujeres la perspectiva feminista y latinoamericana de la economía cuestiona al neoliberalismo que fundamenta su legitimidad en una comprensión de lo reproductivo como algo extraeconómico, femenino y privado. Estas luchas que derivan del feminismo su enorme potencia le ponen límites a la acumulación ilimitada de ganancias y le dan fuerza a una compresión de lo económico que tiene como su principal sentido la sostenibilidad de la vida humana y no humana.

Natalia Quiroga Díaz

*La nota fue publicada en la edición de marzo de 2020 de la revista Noticias UNGS

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