Martes 10 de marzo de 2026
La ciudad también guarda memoria
A cincuenta años del golpe de 1976, el ecólogo y urbanista Leonardo Fernández muestra como el territorio y el paisaje del Gran Buenos Aires conservan la memoria del terrorismo de Estado.
A cincuenta años del golpe de Estado cívico-militar del 24 de marzo de 1976, y en un contexto en el que resurgen discursos negacionistas sobre el terrorismo de Estado desde las más altas esferas del poder político nacional, el ejercicio de la memoria sobre la última dictadura argentina adquiere hoy una relevancia particular. Esa memoria se conserva en los centros clandestinos de detención, en los testimonios de sobrevivientes y en las luchas por la verdad y la justicia. Pero también en las huellas profundas de otro registro persistente que forma parte de esa memoria: el territorio y la ciudad.
En el Gran Buenos Aires, el autodenominado Proceso de Reorganización Nacional (1976–1983) intervino sobre la “cuestión metropolitana”. El crecimiento urbano, la congestión industrial y los desequilibrios demográficos fueron presentados como síntomas de una ciudad “enferma” que debía ser reorganizada drásticamente. Bajo discursos de modernización urbana, saneamiento ambiental y ordenamiento territorial, se impulsó un conjunto de normas, planes y proyectos, de gran escala, destinados a redefinir la relación entre la ciudad central y el conurbano bonaerense.
Durante esos años se impulsaron —aunque en algunos casos solo parcialmente— proyectos destinados a reorganizar la estructura metropolitana. Este proceso no estuvo exento de tensiones y disputas internas, en un esquema de poder tripartito que distribuía competencias entre Nación, Provincia y las municipalidades del área metropolitana —incluida la de la ciudad de Buenos Aires, desde donde se impulsaron varias de estas iniciativas—, atravesado por influencias diferenciadas de las fuerzas armadas. Entre los más emblemáticos se encuentran el plan de autopistas urbanas, la reorganización del sistema de disposición final de residuos y la creación de un anillo verde mediante el Cinturón Ecológico del Área Metropolitana de Buenos Aires, gestionado por el CEAMSE. Presentadas como respuestas técnicas a problemas urbanos ampliamente reconocidos —la congestión del tránsito, la contaminación ambiental o la expansión urbana—, estas iniciativas conformaron un ambicioso programa de intervención a escala regional.
Más allá de sus fundamentos técnicos, estas intervenciones produjeron efectos territoriales y sociales que perduran hasta hoy. La construcción de autopistas implicó expropiaciones y demoliciones masivas en distintos barrios. Las políticas de erradicación de villas desplazaron poblaciones hacia la periferia. El nuevo sistema de gestión de residuos trasladó grandes volúmenes de basura hacia rellenos sanitarios ubicados en diversos puntos del conurbano. Al mismo tiempo, estas intervenciones habilitaron nuevas formas de valorización y apropiación del espacio urbano. La apertura de infraestructuras viales, la gestión empresarial de residuos y los cambios normativos sobre el uso del suelo contribuyeron a consolidar procesos posteriores de suburbanización dispersa y enclaves residenciales cerrados, que redefinieron los modos de habitar la periferia.
Esas intervenciones reorganizaron el territorio y produjeron experiencias urbanas asociadas a la fluidez del tránsito, la contemplación de nuevos espacios verdes y la limpieza urbana. En esa dimensión sensible y cotidiana se inscribió una forma de regulación territorial que operaba produciendo orden, movilidad y paisaje. Esa dimensión también encontró una representación visual en el discurso oficial de la época.
El Cacciatore-obelisco que dibuja Hermenegildo Sábat parece dejar atrás la sórdida ciudad. Cacciatore controla la escena desde arriba, con su mirada cristalina y aires limpios. Debajo, un niño juega con palomas y pájaros, disfrutando de una ciudad que encuentra la paz. “Intendente municipal, brigadier Osvaldo Cacciatore”, Hermenegildo Sábat (1976). Clarín, 23 de abril de 1976. (La imagen a la que se hace referencia se encuentra arriba del párrafo).
Diversas investigaciones históricas han examinado estas transformaciones para comprender la relación entre ecología urbana y poder durante la última dictadura. Entre ellas, La muralla verde (2020) sostiene que el régimen desplegó en el Gran Buenos Aires una economía específica de poder que encontró en el urbanismo y la ecología instrumentos de gobernabilidad regional. A través de las autopistas, el cinturón verde y la ingeniería sanitaria del CEAMSE, ese dispositivo se inscribió en el territorio como una forma material de ordenamiento metropolitano.
Una forma sugerente de pensar estas transformaciones es observar el paisaje como una condensación entre tiempo histórico y espacio. En ese sentido, ciertos territorios funcionan como verdaderos cronotopos, es decir, lugares donde el tiempo histórico y el espacio se condensan y se inscriben las marcas de una época. En el caso del Gran Buenos Aires, dos escenarios resultan particularmente elocuentes: la llanura pampeana y la ribera del Río de la Plata.
Durante la última dictadura ambos fueron objeto de intervenciones decisivas. En la periferia, los rellenos sanitarios impulsados por el CEAMSE transformaron extensas áreas de la pampa en grandes infraestructuras ambientales destinadas a recibir los residuos de la ciudad. Aún hoy esas operaciones funcionan y son visibles: la montaña de basura que se asoma en Campo de Mayo o las colinas artificiales que emergen de la llanura en distintos rellenos sanitarios recuerdan la magnitud del proceso. Sobre la costa, las demoliciones vinculadas al plan de autopistas y los rellenos costeros modificaron el frente fluvial y produjeron nuevos territorios ganados al río, entre ellos el espacio que hoy ocupa la Reserva Ecológica Costanera Sur, desarrollada en buena parte sobre escombros de aquellas demoliciones. Mirados desde el presente, estos paisajes permiten leer la materialidad de un período en el que la modernización urbana y la ingeniería territorial formaron parte de una reorganización del espacio inseparable de la violencia estatal.
El mapa permite observar cómo distintas instituciones estatales definieron el alcance del espacio metropolitano durante esos años, anticipando la escala territorial en la que se organizaría la gestión de residuos y la infraestructura ambiental metropolitana. Por un lado, la delimitación de la Región Metropolitana (en color rosa) establecida por el CONADE (1969), que amplía el Gran Buenos Aires (1947); por otro, el límite operativo adoptado por el CEAMSE en 1978 (línea verde), que incorpora el eje La Plata–Berisso–Ensenada y define un recorte funcional —denominado AMBA— para la gestión regional de residuos. En ese marco se inscribe la propuesta del green belt o cinturón ecológico, concebido como red de landfills (rellenos sanitarios) y como anillo verde estructurante de la metrópolis. Fuente: CEAMSE (1979). (La imagen a la que se hace referencia se encuentra arriba del párrafo).
La observación de estos escenarios invita a pensar la dictadura desde una perspectiva menos evidente: percibir las formas del poder autoritario a través de espacios asociados al esparcimiento, la naturaleza y el saneamiento. Se trata de un ejercicio del poder que actúa sobre la vida colectiva mediante la organización del territorio, la regulación de los flujos urbanos y la gestión ambiental. Muchas de esas intervenciones pueden leerse como dispositivos espaciales orientados a organizar prácticas, movilidades y modos de habitar.
Al mismo tiempo, esos mismos paisajes remiten a otras geografías del poder dictatorial. El Río de la Plata, escenario de los llamados “vuelos de la muerte”, así como diversos basurales, descampados y cementerios en la periferia del conurbano, recuerdan que la reorganización territorial del período convivió con un plan sistemático de desaparición forzada en el marco del terrorismo de Estado.
Foto de la Reserva Ecológica Costanera Sur, Buenos Aires. Este humedal urbano se formó sobre rellenos costeros realizados durante la última dictadura con escombros provenientes de demoliciones vinculadas al plan de autopistas. La regeneración espontánea de la vegetación y la dinámica del Río de la Plata transformaron ese terreno artificial en un paisaje protegido que hoy forma parte de la memoria de la ciudad. Foto: Materia Geografía Urbana y Regional, ICO-UNGS, 2025. (La imagen a la que se hace referencia se encuentra arriba del párrafo)
A cincuenta años del golpe, mirar el paisaje desde esta perspectiva invita a reconocer que la memoria no se guarda únicamente en archivos o sitios señalizados, sino también en la propia materialidad urbana. En tiempos en que resurgen discursos que reivindican o niegan el terrorismo de Estado, atender a estas marcas territoriales permite comprender que la dictadura que ejerció represión directa, también reorganizó de manera profunda el territorio y las formas de habitarlo. Muchas de esas intervenciones funcionaron como dispositivos duraderos de poder: infraestructuras y paisajes que, al transformar la ciudad, modelaron prácticas sociales y consolidaron formas persistentes de control sobre el espacio.
La ciudad, en ese sentido, sigue guardando memoria.
Por Leonardo Fernández,
director de la Licenciatura en Ecología del Instituto del Conurbano de la UNGS










