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Miércoles 12 de junio de 2019

Pensar para la transformación | Entrevista a José Luis Coraggio

La última edición de la revista Noticias UNGS incluye una entrevista central sobre la vida de José Luis Coraggio, signada por el estudio, por la producción académica en el más alto nivel y por el fuerte compromiso con la causa de la transformación social en América Latina. En su juventud lo convocaron los problemas del desarrollo nacional y regional. Más tarde, fuera del país, acompañó de cerca los movimientos más avanzados de la política regional. Volvió a la Argentina para participar del proceso de puesta en marcha de la UNGS, de la que fue rector a caballo entre dos siglos y dos épocas. Hoy es profesor emérito de la Universidad, donde dirige la Maestría en Economía Social y sostiene una fuerte actividad académica en los temas de su especialidad.

A continuación la entrevista completa.

José Luis Coraggio comenzó sus estudios universitarios en la UBA “cuando Risieri Frondizi era rector y trabajaba en la reforma de la Universidad”. En ese contexto, recuerda, se creó la carrera de Economía Política. A Coraggio el asunto le interesaba desde los años de su escuela segundaria (“cerca de aquí, en San Miguel”), en la que, además de ser alumno de David Viñas, tuvo un profesor de Economía (“un demócrata progresista que hizo que Economía me gustara mucho”) que le hizo ver la relación entre el sistema económico y la cuestión social. En la carrera estudió sociología, historia y un conjunto de materias sobre la cuestión del desarrollo. “Que ofrecían una visión más compleja. No puro modelo”. La carrera aún no estaba consolidada, de manera que los estudiantes de su generación iban “estrenando” profesores y reflexionando sobre los contenidos de lo que aprendían.

–¿Y la política universitaria? ¿Le interesaba?

–Había mucha movilización. Había organizaciones, como la Juventud Comunista, que estaba muy presente. Yo participé en las elecciones una vez, pero después me dediqué a estudiar. Me interesaba la política, pero no el tipo de práctica, de poco debate y mucha consigna.

–¿Cómo surgió la posibilidad de viajar a Estados Unidos?

–A través de un programa de la Fundación Ford, profesores de Inglaterra y de EE.UU. venían a la UBA a dar cursos de economía. Los estudiantes más avanzados tomábamos esos cursos, algunos obtenían una beca. Yo fui uno de ellos. Me fui antes de terminar la carrera. Podía elegir qué doctorado cursar y en qué universidad hacerlo. Yo venía trabajando en el Consejo Federal de Inversiones (CFI) en problemas de desarrollo regional, y pensaba que iba a seguir por ese lado. También me interesaba la economía neoclásica, que no dominaba toda la carrera como ahora, pero que tenía un peso importante. Quería conocerla bien, y me decidí por la Universidad de Pensilvania. Eso fue en el 63. Me quedé hasta el 67. Hice la maestría y el doctorado. Ahí conocí lo que era una universidad bien equipada, bibliotecas, campus. Estudié y aprendí mucho.

–… y volvió.

–Volví para terminar la tesis, sobre la equidad y la eficiencia. Había trabajado en el Consejo Nacional de Desarrollo, estudiando el desarrollo nacional, y en el CFI, donde el énfasis estaba puesto en el desarrollo regional. El planteo general era que el desarrollo nacional se basaba en la eficiencia, en el crecimiento, y el regional debía atender la desigualdad entre regiones con un criterio de equidad. Trabajé entonces sobre esa tensión entre equidad y eficiencia: sobre qué combinación de equidad y eficiencia hacía falta. Cuando volví fui al Instituto Di Tella, a un centro de estudios regionales y urbanos.

–¿Fue entonces que conoció a Roberto Domecq?

–No. A Domecq lo había conocido en el CFI, antes de irme. Teníamos un grupo de planificación regional y Roberto se unió a él. Luego volví a cruzarlo brevemente: en los años 71 y 72 estuve en la Universidad Nacional del Sur, en Bahía Blanca, donde dirigí el Departamento de Economía cuando Domecq dejó ese cargo para irse a la Universidad Nacional del Comahue. Ahí reorganizamos, junto con los estudiantes, el plan de estudios. Incluimos todo: lo neoclásico, lo keynesiano, el marxismo, el desarrollismo. No había un plan de estudios igual en Argentina, ni siquiera en la UBA. Tuvimos “la suerte” de contar con profesores excelentes que no conseguían trabajo en otras universidades, por la persecución política que había, y que se fueron para allá. Hicimos los concursos, pero finalmente no quise ser decano y volví a Buenos Aires.

–¿Dónde lo encuentra el Golpe de Estado?

–En el 76, trabajando de nuevo en el Di Tella, me avisan que estoy en una lista de personas buscadas. Supe después que era por lo que habíamos hecho en Bahía Blanca. Quise presentarme a la Justicia, pero ningún abogado quiso acompañarme. Decidí entonces irme a Porto Alegre, Brasil, para ver qué pasaba. Poco tiempo después, cuando estaba por volver, veo una primera plana de La Nación dedicada a la UNS: una denuncia que nos acusaba de infiltrados, de comunistas… estábamos todos los que habíamos participado de esa experiencia, incluido Domecq. También decía que le habían dado prisión domiciliaria a Lanusse por defender a su ministro de educación, que había sido rector de la UNS. Pensé que si detenían a Lanusse yo ya no debía volver, y me fui.

–Estuvo en México, en Nicaragua y en Ecuador.

–Me incorporé al Colegio de México, invitado a diseñar un posgrado en Economía Urbana. Allí continué mi actividad académica, escribiendo artículos con terminología difícil para ser publicados en revistas extranjeras. Fueron cuatro años intensos, del 76 al 80, y me agoté: no quería seguir haciendo eso. Entonces me vinculé con el movimiento revolucionario centroamericano. Nunca me sumé a la lucha armada, pero apoyaba, ayudaba a conseguir recursos, en particular al movimiento salvadoreño, que parecía ser el que iba a imponerse. Finalmente no: fue el sandinismo, en Nicaragua. Ahí estuve del 81 al 85. Trabajé para el Estado, en planificación regional, urbana y agraria, en una escuela de cuadros del frente sandinista, con campesinos, y también en una ONG dirigida por un cura maravilloso, un jesuita, que me encargó que les mostrara a los cooperantes que venían de Europa o de EE.UU. por qué la de Nicaragua era una revolución democrática. Volví a estudiar: leí mucho sobre ciencias políticas, me entusiasmé mucho. Me dediqué a entender la revolución y a difundirla. Viajé mucho por Centroamérica y el Caribe explicando qué era la revolución sandinista. No me volví a enamorar de ningún proceso como ese. Fue la última revolución y la más linda que hubo en América Latina, porque la cubana, que había abierto el espacio y que fue querida por todos, tuvo serios problemas ideológicos. Esta era democrática, podías entrar y salir cuando querías, había pluralismo, había elecciones. Tenía a la teología de la liberación, que aportaba una visión más humana y se asociaba a la economía popular y a la cultura popular. Eso a mí me interesó y me sigue interesando mucho. Y además uno podía estar en contacto con los comandantes, dialogar, debatir, disentir… Era un muy buen momento. Pero era un problema ser extranjero. En una ocasión, trabajando en el Ministerio de Reforma Agraria, opiné sobre la siembra de algodón, y un viceministro, que tenía una visión totalmente distinta, dijo: “Un argentino nunca sembró algodón, ¿por qué viene a decirnos qué tenemos que hacer?” Era una situación difícil, por eso decidí irme a Ecuador.

–… donde estuvo…

–Del 86 al 90, dirigiendo un equipo de investigación sobre estudios urbanos. Era otra cosa: ahí no había un sujeto revolucionario ni nada parecido. Pero hice como si lo hubiera, definiendo una agenda de investigación orientada al movimiento popular. Todos mis trabajos están pensados así: para producir ideas que sirvan a una propuesta política. Había un gobierno socialdemócrata encabezado por Rodrigo Borja, que impulsó una campaña de alfabetización en todo el país. Convocó a los estudiantes secundarios a que antes de egresar participaran en ella. Mi mujer en ese momento era educadora y dirigió la campaña. Yo participé como asesor y ví cómo los jóvenes movilizados eran capaces, como había pasado en Cuba y en Nicaragua, de hacer grandes cosas. Se les daba una responsabilidad, no se los trataba como un problema. Los jóvenes tienen una energía increíble. Aprendí, aun estando en un país no revolucionario, que hay fuerzas sociales que están latentes pero que hay que convocar, porque solas no funcionan: solas, el sistema las aplasta.

–“Despertar” una fuerza requiere poder de conducción…

–Sí. Cuando llegamos al final de la campaña armamos una asamblea donde estaban todos los representantes de los grupos alfabetizadores del país, que plantearon: ¿cuál es la próxima tarea? Lamentablemente el gobierno dijo: “Ahora, volver a estudiar”. No les interesaba que se organizara una fuerza juvenil.

–¿Por qué volvió a Estados Unidos?

–Estaba dando clases en Flacso Ecuador, en un doctorado en ciencia política. Le propuse a la directora ir a EE.UU. a investigar sobre pedagogía universitaria y hacer una propuesta: así llegué al Teacher College. Fui con mi familia; nuestro proyecto era regresar a Ecuador, pero terminé volviendo a la Argentina, atraído por el entusiasmo de Domecq.

–Y se sumó a la UNGS.

–Roberto nos entusiasmó con el proyecto de una universidad nueva. Teníamos las manos libres para inventar: eso me atrajo. Yo no iba a volver a Buenos Aires, hacía años que estaba fuera, ya no extrañaba. No me vine por el mate ni por la calle Corrientes. Me vine por la UNGS y me quedé. La idea era hacer una propuesta pedagógica, pero enseguida me metí con la estructura de las carreras, el primer ciclo, el curso de aprestamiento. Domecq organizó la universidad por problemas, que serían estudiados por institutos: el de Industria tenía que hacerse cargo de la desindustrialización provocada por el menemismo; el de Desarrollo Humano (IDH) estudiaría temas como la democracia, la libertad y la comunicación; el de Ciencia, el rol del conocimiento y la formación básica; el del Conurbano, los problemas sociales de la región metropolitana. En esos años se hablaba mucho de descentralización: todo se iba a resolver descentralizando. Estudiamos el tema en el ICO: fui crítico de cómo se descentralizó el Estado argentino en los 90: la educación, la salud…

–En el 98 fue elegido rector. Fueron años de crisis política, económica y social. ¿Qué balance hace?

–Por suerte tuve el importantísimo apoyo de Susana Hintze como vicerrectora. Ella se centró en el problema de la organización de la Universidad tras la normalización, que incluyó la revisión del Estatuto; juntos trabajamos las dimensiones políticas de vinculación con los distintos claustros… y yo me concentré en la representación de la Universidad en la sociedad y en el sistema universitario. Ese fue un campo de batalla fundamental. Nosotros teníamos una posición, ya planteada por Domecq, de autonomía respecto de los bloques radical y peronista. Entonces, yo podía hablar con libertad y con un enfoque crítico. En esos años hicimos un estudio sobre los problemas del sistema universitario argentino. Fue una época en la que había que luchar diariamente por el presupuesto, salir a la calle… En lo local, estaba la relación con los gobiernos municipales después de la división de General Sarmiento en tres partidos. Recuerdo un conflicto con el intendente de Malvinas Argentinas por la destrucción de un espacio destinado a detenciones ilegales durante la dictadura, que desde la UNGS veníamos trabajando para preservar, siguiendo la línea fundacional de trabajar en defensa de los derechos humanos y la memoria. En fin, me sentí cómodo: la Universidad me trató bien. Cuando terminé el rectorado, muchas personas me propusieron que me presentara a la reelección, pero me pareció que era mejor rotar.

–¿Y cómo se fue consolidando el proyecto?

–Habíamos logrado un gran respeto dentro del sistema universitario, incluso de los que pensaban distinto. Pero éramos una universidad muy chica y con carreras muy innovadoras, con nombres que no le decían nada al sentido común de los padres que quieren que los hijos vayan a estudiar en la universidad. Incorporar estudiantes era una dificultad. Decidimos recorrer las escuelas, explicar el proyecto de la UNGS y cuáles eran los ámbitos de inserción profesional de los graduados, aunque muchos no veían la salida laboral. En un momento en que teníamos muy poca demanda, impulsamos los profesorados y se sumaron muchos estudiantes, lo que dio una nueva orientación a la Universidad y un fuerte desarrollo al IDH, responsable de los profesorados. En investigación, la propuesta era trabajar de modo interdisciplinario. En el ICO debía haber antropólogos, arquitectos, economistas y sociólogos, y no solo urbanistas, y lo mismo en los otros institutos. Esa fue una lucha, porque la mayoría de los investigadores tenía la cultura de la UBA, y lo que queríamos hacer era otra cosa. Trabajamos para crear una nueva cultura, y eso contribuyó a que la UNGS se fuera distinguiendo por sus trabajos de investigación científica. Así que fue un trabajo de consolidación en varios planos: en relación con el resto del sistema universitario, con la región y con el tipo de trabajo académico. Fue un lindo desafío, que para mí no terminó con el rectorado: siguió y sigue hasta hoy.

–… en relación con el tema de la Economía Social, por ejemplo.

–Entre las líneas de investigación que diseñamos en el Instituto del Conurbano, una fue la de economía popular. El tema me preocupaba desde mi experiencia en Nicaragua, y hubo investigadores, como Alberto Federico y otros, con quienes empezamos a trabajar en vinculación con las organizaciones sociales de la zona. Ofrecíamos capacitación. La demanda fue tal que decidimos formar formadores. Así surgió la Maestría en Economía Social, para formar investigadores y formadores de formadores de economía social, solidaria y popular.

–La economía social aparece siempre como una alternativa a escala micro y para los tiempos de crisis. ¿Qué viabilidad tiene más allá de eso?

–Desde 2002 fui desarrollando mucho la parte conceptual de este campo. A medida que iba aprendiendo, iba publicando. Es un campo difícil de definir, porque quedó pegado a los programas para la emergencia o de microcréditos. La economía social es más que la forma en que los pobres o excluidos pueden organizarse en emprendimientos mercantiles o en su propio trabajo. Las políticas públicas buscan paliar la situación de los pobres. Darles la caña de pescar y no el pescado: así suele definirse la economía social. Pero hay más que eso. En Europa, por ejemplo, economía social quería decir sector cooperativista, mutualista y asociacionista, el tradicional. Aparecía el concepto de economía solidaria como más amplio, porque incluía las políticas públicas de redistribución de recursos. Ese enfoque es más amplio que el ligado a los microemprendimientos, aunque también se trataba de la reinserción en el mercado de la gente excluida. Los emprendimientos fallan porque el mercado se los fagocita, y el mercado es la principal institución del sistema capitalista. Sin cambiar el contexto no es posible integrar a la población y sacarla de la pobreza. Peleamos primero para que se instalara el concepto de economía popular como economía de los trabajadores. En esto nos ayudó la experiencia de Ecuador, donde la constitución decía que la economía popular solidaria era parte del sistema económico. No se hablaba de economía social, sino de economía popular solidaria. Se sancionaron leyes de economía popular solidaria, proceso que acompañamos. Decidimos entonces tomar el concepto de economía social para afirmar la relación entre sociedad y economía. Porque lo que dice el neoliberalismo es que hay una esfera económica en la que no debe interferir la sociedad ni el Estado ni los sindicatos. Nada colectivo, puro mercado. Y nosotros, al hablar de economía social, decimos que la economía está imbricada con la sociedad, el ambiente, la cultura, la política. Creamos la Maestría en Economía Social para desarrollar ese campo científico, como se había hecho con la antropología social o la psicología social.

–¿No es valioso implementar políticas para el desarrollo que, aun reproduciendo ese sentido de “economía para pobres”, permiten la inclusión social?

–Sí. El problema es la matriz. La economía social no es una economía de pobres. Es más que sociedad y economía. Es también cultura: porque, por ejemplo, los planes sociales tal como están pensados no funcionan en una comunidad indígena. Gobiernos que se dicen del campo popular no incorporan visiones distintas a las del mercado. Con el Estado, obviamente, orientando la economía de mercado, pero siempre con la idea de que todo este mundo de economía popular es un mundo atrasado, y de que la solución es que todos puedan tener trabajo formal. Lo cual está bien, pero es imposible. Y esta otra economía que nosotros proponemos no es una alternativa de cuarta: es una alternativa donde la gente se puede organizar, pensar políticamente, pensar la economía, el dinero. El trabajador asalariado ni piensa en estas cosas: va, trabaja, tiene un salario y ya. Y frente a otro tipo de experiencias dice “No: yo quiero un trabajo en serio, un trabajo con patrón. Esto de tener que auto-organizarme, no”.

–Es un cambio cultural muy grande.

–Porque hay una ideología general que sostiene que el trabajo es el trabajo asalariado y con derechos. En Argentina se avanzó mucho en los derechos de los trabajadores. Entonces un tipo de trabajo diferente es visto, incluso por los mismos trabajadores, como marginal. O hasta se lo estigmatiza, o se lo piensa, como hacen incluso algunos sectores de clase media baja, como una carga que tienen que sostener con sus impuestos. La lucha por otra economía es también una lucha teórica y cultural.

–… con la que la Universidad está muy comprometida…

–En la visión de economía social que vengo proponiendo, la universidad es parte de la economía. La economía tiene que resolver necesidades, y una necesidad es la de educación. Entonces las escuelas “satisfacen” esa necesidad. Y las universidades lo mismo: producen conocimiento, que es algo que necesitamos. Que la universidad sea participativa contribuye a una mejor economía, porque es parte de la economía, es parte de la cultura. Son instituciones que tienen un componente económico importante, no solo por el presupuesto, sino por lo que producen. En general eso no se entiende así, normalmente la economía y la educación aparecen escindidas, pero no es así para nada. Es una de las cosas que estamos trabajando en un proyecto que desarrollamos con escuelas de gestión social (ver nota en p. 9, N. de la R.).

–¿Cómo ve la región ahora que EE.UU. “recordó” que existimos?

–En la UNGS participé en el programa “Democracia en revolución y revoluciones en democracia”, que integró equipos de varios países y trató los casos de los gobiernos progresistas recientes de Venezuela, Ecuador, Bolivia, Argentina, Uruguay y Brasil. Gobiernos democráticos, populares y antiimperialistas. Pero ni socialistas ni mucho menos revolucionarios. Neodesarrollistas, capitalistas “serios”, como se dijo, sin lugar para propuestas de otra economía. Podría haberlo habido, pero la mente desarrollista prioriza las inversiones, las obras, la generación de empleo formal, las exportaciones… No eran proyectos de transformación. En Ecuador, donde se hablaba de economía popular solidaria, el presidente Correa estaba en contra de la cultura popular y no quiso que hubiera educación bilingüe porque era un atraso que la gente estudiara quechua. Dividió los movimientos populares. El neoliberalismo no desapareció nunca, porque es un proceso global. Estuvo siempre, cierto que menos “en carne viva” que hoy, cuando, como decís, EE.UU. vuelve a mirar hacia nosotros. Pero estuvo siempre presente, a través del mercado mundial y de corrientes que no aparecieron de la nada: estuvieron todo el tiempo. En fin: hubo de todo en esos procesos. Procesos contradictorios, transiciones hacia algo, lideradas por gobiernos que en general perdieron las elecciones por errores. Cierto que cayeron los precios de las comodities y eso dificultó las cosas, pero esos gobiernos no fueron lo suficientemente democráticos para que surgieran sujetos sociales, políticos, populares. Es que eran muy estadocéntricos. La sociedad recibiendo políticas (educativas, sanitarias), de orientación popular, pero recibiendo. No conquistando, no haciendo suyo un proceso que pudieran defender con autonomía. En Ecuador se atacaba la autonomía de los movimientos sociales: se los quería seguidistas: “Nosotros sabemos qué hay que hacer, sígannos”. Y entonces, cuando se pierden las elecciones, el movimiento popular está desorganizado. Con los sindicatos también: se los debilitó, se los atacó, no se desarrolló un sindicalismo nuevo ni un cooperativismo fuerte. Los movimientos indígenas eran vistos como un problema. Ahora: por supuesto, hubo otras cosas, y hubo maravillas que se hicieron, también.

–¿Cuáles mencionaría?

–Hubo una redistribución del ingreso importante, hubo una baja en la pobreza y mejoras en las condiciones de vida de mucha gente. La clase media baja pudo consumir y eso dinamizó la producción. El problema es, por un lado, que no hubo respuesta, que la burguesía no invirtió, siguió sacándole jugo a los equipamientos que tenía… Y, por otro, que lo que se distribuyó fue el ingreso, no la tierra ni los medios de producción. Costó aceptar que había empresas recuperadas, que eran trabajadores que recuperaban capitales privados. La obra pública jugó un papel dinamizador. Desde ya: los gobiernos kirchneristas son muy superadores del modelo neoliberal, que nos lleva a la quiebra. Porque no es que estemos yendo, ahora, a un modelo que no nos gusta pero que funciona. La economía neoliberal no funciona.

–¿Y entonces?

–El actual gobierno ha hecho, en tres años y medio, mucho daño. La deuda, salvo con un default, que sería desastroso, le pone una camisa de fuerza a un gobierno que quiera volver a hacer lo que se hizo: distribuir. Y además estamos solos. Tuvimos la Unasur, se iba a hacer el Banco del Sur, se iba a sacar el sucre como una moneda regional, pero ni Brasil ni Argentina fueron consecuentes con ese proyecto, que había impulsado Chávez. No se avanzó, y ahora está todo desarmado. El único que ha tenido éxito es Bolivia, porque han manejado la macroeconomía para no tener desequilibrios y han redistribuido y hecho surgir una clase media indígena. García Linera dice que lo que pretenden es un capitalismo de base comunitaria. O sea: no están pensando algo equivalente a la revolución socialista, o comunista, del siglo pasado. Estamos promoviendo cambios dentro de un sistema global muy adverso.

Por Brenda Liener

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