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Perejil | María Pía López en Página/12

Tengo que escribir sobre la lengua. No puedo. Está Elizabeth y su muerte. Y el tallo de perejil. Y la pobreza. Tengo que escribir, digo, y en el libro de Camila Sosa Villada, cuenta que su abuela murió de una infección producida por un aborto hecho con un tronquito de perejil. Perejiles que cayeron ante el terrorismo de Estado. No, no de esos. Ni el que enriquece las comidas. No. Perejil abortero. Caer como un perejil es como un aborto con perejil. Último orejón del tarro. Sin resguardo. Sin red. Pura avería.

Tengo que escribir. Dije que no puedo. Murió Elizabeth. Pero no solo. No sola ella. No solita. Averigüemos en los hospitales. Si en las clínicas privadas se anotan legrados para traficar abortos caros, en los hospitales las entran con apendicitis, infección rápida que se las llevan. No solo Elizabeth. De ningún modo. Hay otras. Y la ristra de pibes que las chicas dejan. ¿Saben, no, de qué se trata la orfandad? ¿Lo sabe la gobernadora, los senadores, el presidente, los sacerdotes? Muchas son pibas que ya parieron, varias veces, y no quieren más. No tienen resto ni deseo de más hijos. Y el perejil ahí. O la percha, o la aguja de tejer. Porque del misoprostol hay que saber y son como cuatro lucas. Ni hablar de un raspado aséptico. ¿Los que se abstuvieron, como Perotti, sabían los precios? No, para qué. Si vale el gesto, la señal (de la cruz), hacerse el otario. Digo, perejil para las pibas.

La senadora López Valverde votó en contra de la legalización y dijo que no había leído todos los proyectos: ¿hacemos cuentas, doña?, ¿cuántas mujeres mueren por día por abortos clandestinos e inseguros?, ¿quiere rezar un rosario por ellas?, ¿donar un poco de sus malhabidos ingresos, quizás, para atender huerfanitos? Femicidio de Estado, bien nombrado. 38 senadores. Los tenemos bien contados y nombrados. No nos olvidamos. Cabito de perejil que quemamos a su honor. No crean que no los contemplamos en nuestras oraciones. Esas que sostenemos diariamente con las pibas y pibes abusados en sus infancias, que soportaron el cariño desmesurado de los adultos que les metían manos donde menos se esperaban. Tallo de perejil también en su honor. O percha-escultura, o aguja de tejer en cruz.

38. Y cuántas pibas. Cuántas cuyos nombres desconocemos, porque las familias quieren ocultar que fue aborto porque estaban en contra. Y que caen en hospitales en donde las maltratan y malatienden y las dejan morir mientras se rezan los rosarios. ¿Escribir? No puedo más que decir la furia. Está Elizabeth y las que no tienen nombre, las Romina, las Laura, las Celeste. Comidas por la fiebre y la infección. Y alguien me cuenta esas historias. Y no es un fusilado que vive. Es una mujer que llega y me cuenta. Narra lo que acontece. Y esa historia se trama con otras, que son de desocupación y calle, de muchachas entregadas a un jefecito narco y de sobrevivientes que para salir de la infección tuvieron que vaciarlas todas, antes de los veinte, y de adolescentes que ya no pueden ir a estudiar y de escuelas que explotan y maestras que mueren.

Tendría que escribir, ¿qué, que no sea las actas del desastre? Porque solo tengo a mano el teclado de mi furia y mi cabeza es verde, verde-verde, locamente verde, y quiero decir que hay que exigir hoy mismo, al gobierno nacional y al de las provincias, que la ley de aborto no punible se aplique cabalmente, y que cada quien que quiera abortar tiene derecho a hacerlo, porque está en juego su salud, psíquica o física, porque si no, ¿qué entenderíamos por salud cuando una muchacha asume el riesgo casi suicida de perforar su útero con un cabito de perejil? Hoy, solo tengo mi furia y un teclado y el saber de las historias que escuché, de las chicas que sobrevivieron y de las familias que callan, y la memoria de las muertas.

¿Qué alivio, dijo la gobernadora? ¿Qué alivio para quién? ¿Dijo vamos todavía la presidenta del Senado? ¿Vamos todavía que el negocio del aborto clandestino se mantiene? ¿Aportarán esos médicos de pañuelo celeste a la campaña? ¡Vamos todavía, que se venda perejil en todos lados! ¿Habrá querido decir? ¿Y la gobernadora de la provincia de Buenos Aires? Un timbreo por ahí. Una guardia hospitalaria. Que le cuenten. A ver, que le digan cómo llegan las pibas. Desangradas, infectadas. Ah, ¿no puede salir de la base militar a cualquier hora? No, que eso lo hagan las maestras. Que asuman riesgos. Usted está para otra cosa. Me olvidaba. No se encarga del perejil. Ni de las perchas. Con Gendarmería y la Bonaerense alcanzan.

Tengo que escribir, pero las pibas. Las insomnes que hoy no quieren seguir un embarazo. Las que están hartas, las dolientes. Las que vienen, las que somos. Tengo que escribir, pero qué se hace más que exigir que no queremos ni una menos por aborto clandestino. Gritar nuestro dolor y nuestra furia. ¿Qué hago con la lengua, me pregunto, si lo que debemos hacer es dejar registro de la ignominia? Porque está Elizabeth. Muerta. Y otra y otra. Y los registros escuetos y menguados y falsos. Porque estas chicas son los perejiles del presente, los que pasarán sin nombre y sin resguardo. ¿Qué hago, queridas, si hoy escribo? Anotar que no las olvidaremos. Anotar que no vamos a esperar un año ni otro año: que la legalización del aborto urge hoy.

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