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Miércoles 30 de marzo de 2022

Proyecto de investigación en Lengua y Literatura en el Teatro Cervantes

El pasado domingo 6 de marzo, varixs de lxs integrantes del proyecto de investigación “Variaciones y fuga del sujeto moderno en la literatura y el teatro. De la Ilustración al Fin de Siécle” (del área La Lengua y la Literatura: problemas del campo disciplinar y de su enseñanza), tuvimos el agrado de asistir a la presentación de Cuando nosotros los muertos despertamos, del dramaturgo noruego Henrik Ibsen, en el Teatro Nacional Cervantes. La obra, que originalmente fue estrenada el 26 de enero de 1900, en el Hoftheater de Stuttgart –con amplia y acelerada difusión– es, en esta ocasión, adaptada en nuestro presente local por Lautaro Vilo y Rubén Szuchmacher, quien además se encarga de la dirección.

Esta revisión del drama de 1899 (última obra escrita por Ibsen) nos hace espectadorxs de elementos constantes del teatro ibseniano, que confluyen en acompañamiento de otros que resultan rupturistas, y forman parte de la última etapa ideológica del dramaturgo. Es así como al inicio del primer acto nos encontramos con el fiordo de fondo, cuasi personaje por su firme presencia en las obras del noruego, y atrezzo obligado en las puestas en escena, pero que esta vez arroja la sensación (tenue iluminación y escenografía minimalista mediante) de un fluir estancado como la vida de lxs protagonistas. En efecto, el primero de los tres actos que conforman la obra, transcurre en un tono de monotonía que nos hace pensar que en su extensión (que parece ocupar toda la obra) no sucede nada más que el diálogo apático entre un matrimonio desafortunado: el escultor Arnold Rubek (Horacio Peña), y su joven esposa, Maia (Verónica Pelaccini)

Resulta interesante ver cómo la representación de deseos contradictorios en lxs personajes (Rubek atravesado por el recuerdo, y Maia por la necesidad de nuevas experiencias) se contrapone a las imágenes de naturaleza apacible de los escenarios; más aún, el hotel / balneario de la primera escena da la sensación de tornar en una especie de retiro con la presencia de una nueva figura, Irene, quien sirvió durante años como musa y modelo al desangelado escultor. A partir de la intromisión de este personaje (interpretado al detalle por Claudia Cantero), se recuperan muchos de los componentes del drama ibseniano: la turbación de la conciencia y del presente ante la irrupción del pasado (Irene “retorna” a la vida del escultor para recriminar su comportamiento); la voz contestataria del género femenino, a partir del reclamo que emite esta “musa” al haber sido “despojada de su alma”, y verse cosificada ante el rechazo de sus sentimientos; y la eminencia de la muerte, en esta ocasión revestida de nuevos sentidos: simbólicamente considerada como un cierto estado mental de abatimiento, pero al mismo tiempo como respuesta superadora ante una vida desdichada, es decir, como forma de resurrección.

El pasaje de los habituales espacios interiores –intimistas–, a otros naturales y externos (con escenografía a cargo de Jorge Ferrari), en consonancia con la afluencia del diálogo, resulta un todo excepcional en tanto es exhibido meticulosamente por el elenco, que, por otra parte, se completa con Alejandro Vizzotti (como el director del hotel), Andrea Jaet (en el papel de la monja que acompaña a Irene), y José Mehrez (como Ulfheim, el cazador de osos).

Agradecemos el enorme trabajo realizado y la oportunidad brindada por el Teatro Cervantes de poder asistir a tan gratificante experiencia. Deseamos, al mismo tiempo, el desarrollo de las compañías teatrales independientes, y la posibilidad de poder presenciar y compartir sus producciones.

Por Camila Bono, estudiante del Profesorado en Lengua y Literatura de la UNGS.

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