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Lunes 31 de agosto de 2020

(Re)pensar las prácticas docentes en tiempos de pandemia

Apuntes desde la enseñanza de la historia y para la formación docente en historia

La práctica de enseñar remite temporalidades múltiples. Se relaciona con el presente pero también con el pasado y el futuro: porque se vincula con la atención a las urgencias inmediatas, la capitalización de recuerdos y la anticipación de guiones y programas. En el enseñar, los sujetos negocian permanentemente entre lo impuesto y lo practicado. Las prácticas docentes pueden ser pensadas como prácticas cotidianas.

Hace tiempo vengo con estas ideas (de otros y para otras cosas). Y las vengo pensado en relación con las prácticas docentes –particularmente en/para la enseñanza de la historia y en/para la formación de profesores de historia–. Ideas que me parecen muy potentes. Y hoy, en este contexto de aislamiento social, preventivo y obligatorio, con institutos de formación docente y universidades cerradas en sus sedes pero abiertas en su quehacer, de clases no–presenciales o en la virtualidad (como queramos llamarlas), estas ideas se me vuelven más potentes.

De allí este texto, como invitación a poner bajo la lupa nuestras prácticas docentes para (re)pensarlas. Las prácticas de los que enseñamos. No solo de los que enseñamos historia (aunque es obvio que las pienso desde allí), sino como un convite para los que enseñan en diversas disciplinas en el nivel superior (y en otros). Y también como invitación a imaginar algo (solo una parte) de aquello que se llama “prácticas” en la formación docente en este contexto. Creo que “traer a la superficie” las prácticas docentes es una (buena) oportunidad en (y de) estos tiempos.

* * *

Nunca tan cierto que, como docentes, vivimos temporalidades múltiples.

El tiempo de los sujetos y de las generaciones que se encuentran en un aula. El tiempo de los espacios donde enseñamos. Los tiempos de las asignaturas –que cambian en su permanencia– y de esas que aparecen mientras otras se fusionan o se extinguen. Los tiempos de los contenidos que se van reescribiendo. Los tiempos políticos y memoriales. Los tiempos (desacompasados) del enseñar y del aprender. El tiempo de las materialidades que van mutando lenta o aceleradamente, con mayores o menores fragilidades. Un ejemplo de esto último: el pizarrón sigue allí, casi perenne, como en la escuela primaria. Negro, verde o blanco. Con tizas o marcadores. Sigue pero cambia –o no– y, a la vez, en algunos casos (menos de lo que quisiéramos, por la desigualdad que nos atraviesa) el pizarrón convive con otros soportes y materiales. Si algo saltó (más) a la vista en estos meses fue lo crucial que resulta la materialidad para enseñar y aprender.
Si de algo hablamos insistentemente los (les, lxs) de historia es en eso: de tiempo. O, mejor, de tiempos. De leer los tiempos. De leer esas diferentes temporalidades (todas mezcladas y a la vez) que hacen que el presente sea lo que es: herencia y ruptura, invención e inercia.

Y hoy, además de todos esos tiempos, se nos suman otras temporalidades. La interrupción del tiempo que nos impuso la pandemia. El tiempo lento de aquello que padecemos y no termina de pasar. El tiempo suspendido que casi no diferencia los días. El tiempo acelerado que nos imponen las tecnologías de comunicación donde todo –tal parece– es para “ya mismo”. El tiempo sobrecargado que trae la docencia no presencial y las pantallas que nos fatigan. El tiempo incierto de esperar a regresar a “alguna” normalidad.

Nunca tan cierto que capitalizamos recuerdos.

Siempre lo hacemos. Siempre lo hicimos en la práctica docente. Y hoy, arrojados a la virtualidad como espacio para la enseñanza (sin haberla elegido pero sí adoptado), revisamos –quizás más que nunca– experiencias previas de las que echamos mano. Propias y ajenas. Hicimos (yo me hice) preguntas sobre el curso virtual que completamos como estudiantes y ese otro que dictamos como parte de un equipo. Y desde ese doble perfil permanente –estudiante y docente– (creo que siempre seré bifronte) más interrogantes. ¿Qué (me) funcionó? ¿Qué no? ¿Qué repetiría? ¿Qué no volvería a proponer? ¿Qué me gustó y qué no? ¿Qué (me) convocó? ¿Qué me (con)movió?

Nunca tan cierto que, en la práctica docente, atendemos a urgencias inmediatas.

Siempre lo hicimos en la simultaneidad, imprevisibilidad e incertidumbre de las clases en aulas “físicas”. Pero además, en este “aquí y ahora”, la primera urgencia fue la de dar continuidad a las asignaturas para las que –frenéticamente– tuvimos que pensar, inventar y ensayar, no sin temores, renovadas prácticas. Y allí, nuevamente, más preguntas. Porque teníamos sedimentaciones sucesivas en la presencialidad, pero ahora no tuvimos mucho tiempo para acumular y decantar. Entonces, ¿cómo organizar los tiempos?, ¿cómo habitar el espacio “virtual”?, ¿cómo vincularnos?, ¿cómo presentar los contenidos?, ¿cómo construir saberes colectivamente en un contexto que nos coloca en un lugar tanto más solitario?, ¿cómo reconvertir esa aula virtual que ya teníamos en nuestra universidad, que conocíamos y usábamos, pero que ahora tenía que ser un espacio más sistemático a falta de aula “analógica”, en fin, a falta del aula que conocemos –con variantes– desde hace varios siglos? Esa aula que fue inventada y conquistada políticamente y llevamos debajo de la piel…

Nunca tan cierto que anticipamos guiones y programas.

Dicen los que saben de enseñanza no-presencial o virtual (porque acumularon experiencias) que lo que se necesita para ese tipo de propuestas es, sobre todo, tiempo para su preparación. No lo tuvimos en esta ocasión. Fuimos arrojados a ello. No planificamos. La pandemia en sí misma fue imprevisible para muchos de nosotros. Y entonces, actuamos impelidos por el ritmo y la incertidumbre. Que eran quince días como en 2009 (¿se acuerdan de la gripe A?) fue una ilusión que se nos desvaneció muy pronto entre curvas, estadísticas, mapas y relatos de otros colegas de otros hemisferios que –de algún modo– casi nos hablaban desde el futuro.

Pero, además, las prácticas docentes anticipan programas porque muchas veces (me atrevería a decir, en la mayoría de los casos) los sujetos anticipan las normas. Y, nuevamente, en este contexto –desde mi punto de vista– fue claramente así. Antes de cualquier protocolo, orientación, norma o ley estuvieron las prácticas docentes que se hicieron cargo –mejor o peor– del desafío.

Y allí, entonces, también, la negociación entre lo impuesto y lo practicado.

Lo impuesto por la pandemia y lo practicado en pre-pandemia y en pandemia (así como pensando en pos-pandemia). Lo impuesto por las estrategias que desde un lugar de poder traen reglamentos o modelos. Y lo practicado desde las tácticas, plurales y móviles, que inventan lo cotidiano. Esas tácticas que no se mueven necesariamente por el rechazo a la norma sino que producen algo nuevo con usos propios, con distorsiones y artimañas, cuya significación no es necesariamente la resistencia sino el aprovechamiento, el gusto, la operatividad y la ocasión –tal como indica el historiador Michel De Certeau–.

En fin, las prácticas docentes como operaciones cotidianas.

Según De Certeau, las operaciones cotidianas tienen aspectos estéticos, polémicos y éticos. Estéticos, porque una práctica cotidiana abre un espacio propio dentro de un orden impuesto. Polémicos, porque esas prácticas se relacionan con ese orden apropiándose de una parte, editándolo a gusto, midiendo fuerzas con lo ya hecho y organizado. Éticos, porque la práctica cotidiana restaura con paciencia y tenacidad un espacio de juego, un intervalo de libertad, una resistencia a la imposición (de un modelo, de un sistema o de un orden): poder hacer es tomar distancias, defender la autonomía de algo propio. Creo que todos esos rasgos los encontramos en las prácticas docentes de hoy (y también en las de ayer así como probablemente estarán en las de mañana).

En eso estoy/estamos: pensando las prácticas. Pensando las prácticas en la enseñanza de la historia y en las prácticas en/para la formación docente en historia en este contexto que nos ha tocado (en suerte y desgracia) vivir. Estamos ante un desafío inédito. Mucho por pensar y hacer.

Para cerrar, algunas ideas más. Para mí, no se trata de que “todo esto llegó para quedarse”. Disculpen, pero me niego. Vamos a volver. Quiero el aula, la oficina, el pasillo y el bar, en fin, quiero los espacios de encuentro donde compartir, discutir y combatir. Esos lugares donde sentir(se). Desde luego, algo (bastante o mucho) vamos a aprovechar de lo que estamos haciendo hoy. Sí, claro. Y tendremos que pensar qué de todo esto, qué de todas estas prácticas que estamos inventando y ensayando hoy, queremos que continúen. Pero también volveremos a aquellas prácticas que conocemos y nos parecen provechosas. E incluso inventaremos algunas más que todavía no imaginamos. Tal parece que navegaremos en escenarios combinados y duales, escalonados y distanciados por un tiempo –por lo que sabemos hasta aquí y hasta el mismísimo día de hoy–.

En fin, por esto que nos está pasando pero –sobre todo– por lo que vendrá, esta invitación a (re)pensar nuestras prácticas docentes.

* * *

He usado aquí ideas de otros (como dije al principio). Y también me he valido de ideas de otros que me leyeron y me hicieron repensar –y reescribir– estas líneas. Así es como construimos saberes en las universidades: con ideas de otros y pensando con otros. A todos, ¡gracias totales!

María Paula González

* La nota fue publicada el 25 de agosto de 2020 en la edición de la revista Noticias UNGS

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