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Martes 7 de julio de 2020

Violencia y reparación

El lunes 29 de junio, un día antes de esta nueva “subida” de materiales a la página de la edición virtual de esta revista, comenzó a desarrollarse en la UNGS, organizado por el Programa de Políticas de Género de la Universidad, una serie de tres conferencias, a cargo de otras tantas reconocidas especialistas, en los temas en los que, en el marco de la aplicación de la llamada “Ley Micaela” (a la que ya nos hemos referido muchas veces en esta publicación), la Universidad decidió promover la formación de los integrantes de su comunidad. Aquí, la Secretaria de Cultura y Medios de la UNGS reflexiona sobre la importancia de los problemas abordados en estas tres instancias formativas.

Los feminismos se revelaron masivos en la pelea contra la violencia de género. El 3 de junio de 2015 multitudes de mujeres salieron a las calles de las ciudades de todo el país con la consigna Ni una menos. Sacudidas por la seguidilla de crímenes que cosechaba muchachas y las disponía en basurales. Eso implicó una movilización general no necesariamente feminista, encarnada por muchísimas personas que podían ser renuentes a pensarse a sí mismas con esa identidad. Sin embargo, la propia experiencia callejera, la evidencia de esa fuerza que nacía, el temblor de un descubrimiento mutuo, parió al movimiento como feminista, lo hizo reconocerse desobediente y crítico. En la plaza de los dos Congresos se leyó un documento donde se señalaba que los femicidios no eran cuestión de seguridad sino de derechos humanos. Esa frase encerraba la mayor de las apuestas: no se debía considerar la cuestión en la secuencia de un Blumberg sino en la resonancia del movimiento que con más intensidad reinventó la cuestión de la justicia en Argentina, hasta convertirla en el nudo de la existencia democrática. Y así como la Campaña nacional por el derecho al aborto había inventado el potente símbolo de un pañuelo verde con un pañuelo blanco impreso en su interior, para mostrar que toda lucha por derechos desciende de aquellas que osaron decir Basta al terrorismo de Estado; el grito del 3 de junio las volvió a invocar como antecesoras deseadas. No importaba si se habían nombrado o no a sí mismas como feministas (de hecho, casi no había ocurrido), porque las luchas populares tejen sus propias herencias y producen las citas de lo que rememoran en la propia acción.

Esa masividad tiñó el campo de los feminismos movilizados y abrió nuevos problemas y discusiones. Festejar un acontecimiento no significa desconsiderar las zonas en que opaca su fuerza libertaria, los momentos en que se dispone para una traducción que es reactiva. En el ciclo de charlas que comenzó ayer, dentro de la oferta formativa del Programa de políticas de género, se trabaja sobre estos núcleos problemáticos que surgen de la centralidad de la consideración de la violencia en el despliegue de las luchas. Porque la violencia es un dato, porque los femicidios y travesticidios no dejan de crecer, pero a la vez los modos de abordarla muchas veces no son solo precarios o insuficientes sino que arrastran un conjunto de concepciones que lejos de afirmar la experiencia y la autonomía de las mujeres, lesbianas, travestis y trans, las recorta.

Laurana Malacalza señala que gran parte de las políticas de prevención y erradicación de la violencia, surgidas de la Ley 26485, parten de la afirmación de la responsabilidad individual –es la afectada quien debe denunciar y componer en su propia travesía lo que el Estado no coordina– y de la subjetivación como víctima (para decirlo rápido, si todo es responsabilidad individual, entonces la víctima debe demostrar que lo es plenamente, que no es una “mala víctima”, alguien que se expuso indebidamente). Frente a eso, propone el diseño de políticas integrales que partan de afirmar y considerar otro sujeto: a las mujeres como “tejedoras de lazos comunitarios y sociales” (Laurana Malacalza, “Violencia contra las mujeres y políticas públicas. De un modelo de gestión securitario y privatista a un modelo integra”, en http://revistaideas.com.ar/wp-content/uploads/2020/06/dossier-feminismos-1.pdf). Partir de la capacidad de crear y no de la legitimidad que da el padecer, partir de la efectiva composición de la vida con otres y no de la ilusión de una resolución individual.

Esto que aparece con tanta nitidez en las políticas frente a la violencia de género es núcleo de discusión de toda política pública, como se advierte en la relevancia que tienen las organizaciones sociales para actuar frente a las emergencias sanitarias y alimentarias. Es en esa agencia comunitaria, en ese saber hacer con otres, donde la prevención y erradicación de violencia de género puede afincarse. Pero eso exige otra concepción del Estado, capaz de realizar sus políticas no como el ejercicio de una estrategia que baja hacia la sociedad civil –compuesta por individuos–, sino como un círculo virtuoso entre militancias sociales y cuadros estatales y legislativos.

Catalina Trebisacce dice, para pensar esta situación, que el feminismo es el lado B del Estado, porque si las burocracias estatales son condición de posibilidad para ampliar derecho, quedarse solo en ese plano implica una excesiva creencia en “el dispositivo jurídico-legal, penal incluso” (Entrevista a Catalina Trebisacce, “El feminismo es el lado b del Estado”, en https://latfem.org/catalina-trebisacce-el-feminismo-es-el-lado-b-del-estado/). Si siempre esto fue un dilema, en los últimos años, la subjetivación política alrededor de la cuestión de la violencia, produjo una insistencia, un remache, que tiene un costado punitivista, que piensa desde la rabia y el castigo. ¿Cómo pensar más allá de la pena, cómo problematizar una pena que suele ser la del encierro en cárceles? ¿Cómo pensar la reparación, la afirmación de lo común, después de un daño irreparable? ¿Cómo abrir la imaginación política de los feminismos más allá de la insistencia sobre ese núcleo de dolor y furia que los hicieron masivos?

No pensar solo desde el género dice Trebisacce y también lo sostiene Moira Pérez, nuestra tercera invitada. Pérez pone en discusión la lógica del castigo, que no previene ni repara, y que se dirige contra el perpetrador individual del daño (entrevista a Moira Pérez: https://periodicas.com.ar/2019/09/20/moira-perez-el-castigo-no-repara-no-previene-no-sana/). Ante eso, propone pensar “cómo sería un sistema de justicia y un Estado organizados en torno a la equidad y la justicia social para todas las personas, más allá de su género, pero teniendo en cuenta al género como un factor –entre otros– de injusticia y opresión. Se trata de una perspectiva de justicia radical, en el sentido de que implica repensar todas nuestras formas de interacción social, además del Estado.” Salir del paradigma punitivo implica considerar críticamente las propias agencias que se ha dado el movimiento social, y que van desde los escraches hasta ciertos funcionamientos de los protocolos de recepción de denuncias en las instituciones.

Son incipientes los dispositivos institucionales; escasos los funcionarios judiciales expertos y sensibles; faltantes las imágenes de justicia que no sean punitivas, porque todo resulta permeado del esquema “el que las hizo, las paga”. Pero inventar eso no agota, ni mucho menos, la construcción de otra sociedad y nuevas sensibilidades. Si hay una justicia inmediata, procedimental, reparatoria; hay otra ensoñada, mítica, que proviene de reinscribir cada hecho y cada vida, cada humillación padecida y cada dolor anidado, en parte de ese fuego insomne de fundación. La reparación, incluso, requiere nuevas imágenes de justicia. Recorrer, como intentamos en estas conversaciones, los obstáculos o los nudos problemáticos, es parte del esfuerzo de creación de esas imágenes. Porque no se trata de afirmar algo del orden del deber ser, sino de atender, en la rugosidad misma de las creaciones colectivas, sus posibilidades emancipatorias.

La confrontación con el patriarcado supone el señalamiento de las muchas prácticas sedimentadas en las que éste se realiza, encarnadas por una infinidad de sujetos que no estarían obedeciendo a un plan sino a la pura reproducción, costumbrista y normativa, de un orden sostenido sobre la heterosexualidad obligatoria y la reducción de la autonomía de las mujeres. La violencia es una dimensión de esas prácticas, pero los modos de considerarla arrastran, muchas veces, la confirmación de ese mismo orden que vendríamos a irrumpir. De discutir esas zonas opacas, las instancias donde se reproduce sin advertencia lo que se pretende confrontar, se trata esta serie de conversaciones sobre la violencia, la justicia, las políticas públicas, la agencia colectiva, los feminismos.

María Pia López

Fotos: M.A.f.I.A.. Movimiento Argentino de Fotógrafxs Independientes Autoconvocadxs.

* Artículo publicado en la edición especial de Noticias UNGS, el 30 de junio de 2020.

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