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El origen de la derecha tecnocrática española y sus consecuencias

José Luis Orella

La aparición de los tecnócratas en la década de 1960 en España fue durante un periodo de fuerte crecimiento económico, que llegó a denominarse como el “milagro español”. Los interrogantes sobre quiénes eran aquellas personas que con gran conocimiento y profesionalidad, consiguieron enderezar la caótica situación económica española y reorientarla hacia un desarrollismo que situaría al país como la octava potencia industrial del mundo, fueron demandados con gran interés. La España imperial que había dominado los océanos durante los siglos XVI y XVII, y había mantenido su categoría de potencia en el siglo XVIII, perdió su referente durante un convulso siglo XIX que la hundió en confrontaciones civiles que culminaron en la Guerra Civil de 1936. Una España, entonces, que proyectaba una imagen de atraso, hambre, pandereta y arcaicas reivindicaciones sociales sin cumplir. Sin embargo, la década de los sesenta, tendría el protagonismo de sustituir esa imagen subdesarrollada de España por otra moderna, donde el país se intentaba codear con sus equivalentes de Occidente, resurgidos con opulencia de una difícil postguerra, en plena guerra fría.

Antecedentes

 

Pero la idea de los técnicos había ido madurando con el tiempo. Ya en la literatura de aventuras, el escritor francés Julio Verne anunciaba en una de sus obras menos conocida, Los 500 millones de la Begur, la creación de dos ciudades modélicas en los Estados Unidos, por la herencia millonaria que recibieron sus dos herederos. El francés, crearía una pequeña ciudad de provincias, con todo lo necesario para disfrutar de una vida confortable al modo de vivir burgués previo a la Primera Guerra Mundial. La segunda ciudad, construida por el heredero alemán, era una inmensa siderurgia, donde exclusivamente alemanes, suizos o alsacianos podían trabajar en plenitud de derechos, dentro de una comunidad altamente jerarquizada. Quienes disponían de altos conocimientos de ingeniería, formaban parte de la elite moderna de la nueva ciudad.

Del mismo modo, Veblen, crítico hacia la sociedad capitalista surgida desde la implantación del Estado liberal, propugnaba una dictadura de los ingenieros, como personas competentes, que sin perder el tiempo en la política, ordenasen la sociedad de una forma coherente y práctica. Incluso, ante la necesidad de desarrollo, en España, la generación de los regeneracionistas de principios del siglo XX, incentivaran el amor por el trabajo y el progreso industrial, dilapidados en el país por el gasto en políticas expansionistas de corte imperial. Es de este modo, cuando Joaquín Costa, el “León de Graus”, propugnaba “cerrar la tumba del Cid con candados”, olvidarnos de viejas glorias expansionistas, y concentrarnos en trabajar. Incluso, solicitaba, ante el agotamiento del corrupto sistema restauracionista, la llegada al poder de un cirujano de hierro, quien apoyado en un fuerte ejecutivo, remediase sin perder el tiempo y con medidas urgentes, el atraso económico español. No obstante, la imagen de un mundo moderno regido por la técnica, donde el hombre pudiese quedar subordinado a una nueva servidumbre, será el discurso trasmitido por el director Fritz Lang en su obra maestra Metrópolis. El miedo a la técnica también tendría sus ecos en muchas personas.

1.1  Los técnicos de la dictadura de Miguel Primo de Rivera

 

El ejército se convertía en el cirujano de hierro que necesitaba provisionalmente el país, según la opinión del intelectual regeneracionista Joaquín Costa. Este papel regenerador del ejército en la política de España, tendrá su cumplimiento en el pronunciamiento de Miguel Primo de Rivera, quien bajo el lema de la eficacia, instauró un directorio militar para acabar con las corruptelas del régimen restauracionista. A pesar de todo, el general Primo de Rivera, tendrá que captar a jóvenes políticos de segunda fila del maurismo para ocupar los puestos dirigentes económicos y administrativos en 1925, ante la carencia de personal especializado en el ejército. El principal de ellos fue el abogado José Calvo Sotelo (1893-1936), quien fue ministro de Hacienda entre 1925 y 1930. Calvo Sotelo intentó defender la línea de nacionalismo económico, lo que le llevó al monopolio de petróleos, fundando la compañía estatal CAMPSA. La nacionalización de los recursos vinculados con el petróleo que enfrentó a España con las siete compañías multinacionales del sector, pretendía crear para el país una política nacional energética no sólo, de refinado, sino de transporte en petroleros y prospección en los lugares con yacimientos (Bullón de Mendoza 2004 )

El otro referente, que congregó en torno a su figura un gran número de técnicos fue Rafael Benjumea Burín (1876-1952). Ministro de Obras Públicas de 1925 a 1930, defensor de que el Estado interviniese directamente en el desarrollo del país, fue el instigador material de gran número de proyectos, entre los que destacan dos: la creación de una red de carreteras y la puesta en marcha de las Confederaciones Hidrográficas, que favoreciesen el aprovechamiento integral de los ríos mediante una organización de conjunto industrial, agrícola y social. El ingeniero andaluz fue ennoblecido con el título de conde de Guadalhorce, por la obra que realizó en aquel río. Exiliado en 1931 cuando se proclamó la II República, recaló en Buenos Aires en 1933, donde colaboró en las obras del metro de la capital argentina (DDAA 1991: 910), fue el responsable de la línea C del subterráneo, como se conoce allí al metro. Permaneció en el país hasta 1948, en que volvió a España. A nivel político, encabezó un pequeño grupo derechista monárquico, que junto a los más numerosos carlistas e iniciales falangistas, forjaron a los partidarios del bando nacional en la comunidad española de Argentina.

1.2 Los técnicos de la Junta Técnica de Burgos durante la Guerra Civil

El inicial alzamiento militar que debía contar con la participación de varios miles de voluntarios civiles para controlar la situación, derivó pronto en un enfrentamiento civil de grandes dimensiones. España se había dividido, y cualquiera de los bandos que intentase imponerse al contrario, debía hacerlo a través de una cruenta guerra civil. El progresivo recrudecimiento de la guerra hizo patente la necesidad de formar unas comisiones técnicas especializadas en diversas actividades económicas y administrativas, que supliesen las funciones del Estado en el bando denominado nacional. Estas comisiones debían estar formadas por un elemento civil altamente capacitado para llevar adelante sus funciones, ya que los militares de intendencia pronto se dieron cuenta que por la prolongación del conflicto, les iba a ser imposible hacerse cargo de la creación de una administración civil alternativa a la que habían derrocado.

Sin embargo, existía un grave problema, la zona nacional por su carácter eminentemente rural, carecía de los recursos humanos más apropiados. Excepto en el caso de la comisión de Agricultura, que podía contar con un equipo joven y dinámico, formado por ingenieros agrónomos que prestaban servicio en explotaciones agrarias y confederaciones hidráulicas. No obstante, para el resto de las comisiones, la dificultad se fue paliando en el transcurso de la guerra, cuando se incrementó el número de técnicos fugitivos de la zona republicana, o residentes en las zonas de reciente liberación. De este modo, en enero de 1938, la Junta Técnica pudo ser disuelta y sus componentes pasaron en su mayor parte, a formar la estructura del nuevo gobierno nacional. Los técnicos procederán principalmente del cuerpo de ingenieros en sus diversas ramas: Caminos, Canales y Puertos; Navales; Industriales; Minas; Textiles y Agrónomos, abogados del Estado; empresarios y funcionarios especializados en diversas áreas comerciales: En el primer grupo encontramos a: Bravo, Benjumea, Carceller, González Bueno, Santos, Martín Sanz, Suanzes, Navarro-Reverter, Areilza, Peña, Oriol y Urquijo… en el segundo a Bau, Rodezno, Serrano, Amado, Gallo, Larraz, Ventosa, Bertrán y Musitu… y en el tercero a Pan, Arburua, Huete…

Las carreras a las que pertenecían los técnicos de Burgos eran de elite y requerían una fuerte preparación, estando calificadas como muy duras. La selección del alumnado tendía a ser muy rigurosa, porque el número de los admitidos era siempre escaso, de 12 a 20, según la demanda social. Desde los tiempos de la Restauración, las ingenierías se habían convertido en la carrera de moda, al aunar en si la técnica con la idea de progreso. Los alumnos que estudiaban esta disciplina procedían de la escasa clase media, de profesiones liberales y de familias económicamente fuertes. La escuela estaba en Madrid, y no se estableció otra en Bilbao hasta que no fue requerida por la sociedad local. Por esta razón, aparte de los estudios, el mantenimiento del estudiante fuera de su clase únicamente se lo podían permitir pocas familias. Por otro lado, el corto número de admitidos producía un mayor hermanamiento de la promoción creando entre ellos unos lazos estrechos y duraderos. De esta forma, veremos cómo en los diversos equipos técnicos, el responsable tenderá a rodearse de personas de confianza, eligiendo primeramente a sus antiguos compañeros de promoción.

En cuanto a la edad, los técnicos fueron hombres relativamente jóvenes e incluso “insultivamente”, demasiado jóvenes. Si los dividimos en tres grupos, el primero, formaría a los nacidos entre 1870 y 1881, que eran los mayores de 55 años en 1936; el segundo, a los nacidos entre 1883 y 1891, situados entre los 45 y 53 años; y el tercero reuniría a los venidos entre 1894 y 1908, con un arco de los 27 a los 42 años. Podemos constatar en el primero a Aznar, Goicoechea, Benjumea, Herrero, Martínez Anido, Gómez-Jordana, Montaner, Moreno Calderón, Bertrán Musitu, Quiñones de León, Ventosa Calvell, Moreno Zulueta, Romanones, Stuart Falcó… Buena parte de estos “mayores” no ocupaban cargos oficiales en la junta técnica o en el primer gobierno de Burgos, sino, que se limitaron a realizar labores de asesoramiento o misiones especiales en el extranjero. La excepción la tenemos en los militares, que en esa edad estaban en el generalato o de coroneles, ocupando los cargos de mayor responsabilidad.

En cuanto al segundo grupo, encontramos a Amado, Alfaro, Fernández Ladreda, Gallo, Lamamié de Clairac, March, Peña Boeuf, Garelly, Alarcón de la Lastra, Planell, Rodezno, Suanzes, Ungria, Marín, Fernández Cuevas, Godino… Precisamente, el sector de la cincuentena era el que resultaba estar más poblado por responsables de comisiones y de futuros ministros. A sus años conservaban energía y una gran capacidad de trabajo, a la que sumaban una madurez profesional contrastada antes de la guerra. En definitiva eran jefes que habían llegado al cenit de sus profesiones y demostraron en el sector público, una valía ya experimentada en el privado.

Con respecto al tercer grupo, estaba formado por Bau, Carceller, Garrigues, González Bueno, Sainz Rodríguez, Serrano Suñer, Aunós, Escario, Larraz, Arburua, Martínez Artero, Güell Churruca, Conde, Areilza, Bustillo y los benjamines Martín Sanz y Gamero del Castillo, que se situaban en el entorno de los 26 años. Estos jóvenes prometedores, con ideas innovadoras y la vitalidad propia de la edad formaron el equipo de colaboradores de los anteriores. Aunque tengamos en Bau, al responsable de la importante comisión de industria; a Sainz Rodríguez, que con 38 años fue el ministro de Educación Nacional y promotor de una reforma de la segunda enseñanza en plena guerra civil; y especialmente a Serrano Suñer, ministro de Interior y eminencia gris de Franco, con 35 años. No obstante, como sucedió en el caso de Martín Sanz, la edad fue un inconveniente que impidió a varios de ellos ocupar cargos de mayor relieve (Orella 2001).

De todos aquellos, destacaría al ingeniero Alfonso Peña Boeuf, quien había iniciado su labor profesional de manos del conde de Guadalhorce en la época del general Primo de Rivera. Fue el principal responsable de reconstruir un país en guerra e inmediatamente en el período de postguerra. En esta difícil labor creará la Dirección General de Regiones Devastadas, como atención preferente de su actividad. En 1939 publicaría el Plan de Obras Públicas de su ministerio, deudor de aquel que quedó inconcluso con la caída del régimen primorriverista. El Plan se centraba en la reconstrucción de la red viaria tan destruida durante la guerra e iniciará la construcción de presas y pantanos para una mejor regulación del agua dulce necesaria para la agricultura española, que luego sería completada por una red de pantanos. Además en su promoción de una política económica nacional aprovechará la ocasión de la posguerra para reordenar el ámbito ferroviario unificando las diferentes compañías privadas existentes, arruinadas por la guerra en la RENFE. Este organismo de nueva creación monopolizaba el tráfico ferroviario español en manos del Estado y se convertía en la segunda nacionalización después de la del petróleo efectuada por José Calvo Sotelo en la dictadura de Primo de Rivera (Peña Boeuf 1954).

  1. 2.      La época de oro: los tecnócratas del desarrollismo

La fecha de 1964 es la puesta de largo del régimen de Franco. La ocasión la presentan las celebraciones por los “25 años de Paz”. La España aislada después del final de la Segunda Guerra Mundial y el régimen espartano de autarquía son un recuerdo. En plena Guerra Fría, España ha firmado un Convenio Militar con Estados Unidos y el Concordato con la Santa Sede y, dos años más tarde, ingresa en la ONU. Tras un duro Plan de Estabilización establecido por el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional (FMI), los primeros técnicos llamados a formar parte del gobierno de 1957, inician una serie de medidas que tendrán como objetivo la liberalización de la economía, el recorte del gasto público, la apertura de la economía española al comercio internacional y la devaluación de la moneda. La consecuencia fue, a partir de 1961, el inicio desenfrenado del desarrollo económico español.

El Banco Mundial y la OCDE aconsejaron a España que con una reserva de 1.000 millones de dólares podía pasar de la fase de estabilización a la de expansión. España, desde 1962 hasta 1965 creció a un ritmo de 8-9 % del PNB. El turismo se fue transformando en la principal industria del país: traía divisas y convertía a la costa mediterránea en el objetivo de las constructoras. En 1949, España tuvo un millón de turistas; en 1960 se multiplicaron a 6 millones; y en 1970 fueron 32 millones de turistas. Los ingresos en divisas obtenidos por el turismo compensarían con creces la balanza de pagos. España gastaba en importar bienes de equipo y modernizar con nueva tecnología la incipiente industria.

La producción de acero pasó de 1.823 millones de toneladas en 1959, a 11.136 millones en 1975; el cemento pasó de 10.577 millones de toneladas a 47.168, por la política de incentivo de la vivienda oficial; la de zinc de 21.200 toneladas en 1950, a 45.000 diez años después. El incremento industrial demandó numerosa mano de obra que solventó sacándola del campo, donde se impuso la necesidad de mecanizar las labores de roturación, siembra y recolección. El paro se vio reducido a cien mil personas y las mujeres entraron a trabajar, representando un 25 % de la mano de obra total. La necesidad de energía fue suplida por la construcción masiva de centrales hidroeléctricas que aprovechaban el agua embalsada en los numerosos pantanos inaugurados por Franco. La producción eléctrica pasó de 6.853 kilowatios/hora en 1950, a 18.600 en 1960. España otorgaba ayudas a otros países. En el curso de 1964-65 más de 500 millones de pesetas se gastaron en becas a favor de estudiantes hispanoamericanos y árabes para que estudiasen en las universidades españolas. Estos estudiantes ocuparían más tarde puestos de relieve político, militar y económico en sus respectivos países.

El inicio del desarrollismo tuvo su comienzo con el nuevo gobierno de 1957. Entre las novedades del cambio estaba la salida de Girón de Velasco, sustituido en Trabajo por el también falangista Fermín Sanz Orrio. El general Jorge Vigón entraba en Obras Públicas, a cambio del conde Vallellano, ambos monárquicos. El general Camilo Alonso Vega, dejaba la dirección general de la Guardia Civil para ser el titular de Gobernación, de donde se retiraba Blas Pérez. El subsecretario de Obras Públicas, Mariano Navarro Rubio ocupaba la cartera de Hacienda. Un catalán, Pedro Gual Villalbi, era ministro sin cartera, pero presidente del Consejo de Economía. En Comercio, Manuel Arburúa fue sustituido por Alberto Ullastres. En Agricultura, estaría Cirilo Canovas. Finalmente, se sustituía a todos los ministros militares, aunque el cambio principal fue el ascenso a capitán general de Agustín Muñoz Grandes, que era el único junto a Francisco Franco. En cuanto a la secretaría general del Movimiento, José Luis de Arrese la dejaba para pasar a ocuparse de un ministerio de nueva creación, el de Vivienda. José Solís Ruiz, encargado de la delegación nacional de sindicatos, fue el sustituto. En Exteriores, Martín Artajo era relevado por Fernando María Castiella, hombre también procedente también del mundo asociativo católico, pero falangista y excombatiente de la División Azul.

La gran característica de este gobierno fue la importancia dada a las carteras de Economía. La incorporación a la primera línea de la política activa de Alberto Ullastres, Laureano López Rodó y Mariano Navarro, miembros entonces del instituto secular del Opus Dei, creó el interés de saber si se incorporaba una nueva familia al Movimiento. Pero esto no era así, entre los miembros del Opus Dei no existía ningún contacto previo de coordinación política. Por el contrario, entre Ullastres y Navarro Rubio surgieron bastantes discrepancias y puntos de vistas diferentes. Por otro lado, para Franco y Carrero Blanco, la pertenencia al Opus Dei de algunos de sus colaboradores sirvió para asegurarles que tenían una buena formación católica y un alto nivel de profesionalidad. Estos nuevos miembros del gobierno, que no pertenecían a ninguna de las familias tradicionales de la derecha, empezaron a ser denominados tecnócratas, al haber sido seleccionados por su formación académica, y no estar adscritos a uno de los grupos primigenios del Movimiento.

Franco y Carrero, personas que habían vivido una cruenta guerra civil, encontraban una de sus causas en la profunda radicalización ideológica que había fraccionado a los españoles, y por tanto tenían un verdadero desdén hacía los posicionamientos ideológicos, incluso los derechistas. Por eso en las selecciones de candidatos a ministros, procurabann candidatos de amplio currículum profesional, y alejados de cualquier tipo de protagonismo político, aunque si tuviesen una concepción católica de la vida, y unos hábitos de comportamiento tradicionales. Por ello resultaba cómico, oir respuestas, como las que hizo Franco una vez, aconsejando a Sabino Alonso Fueyo, director de Arriba, de 1962 a 1966: “haga lo que yo, no se meta en política”.

Por esta razón, Gonzalo Fernández de la Mora, monárquico, antiguo opositor al franquismo, y finalmente ministro de Obras Públicas, fue uno de los que mejor conceptualizó lo que ocurría:

“la asunción de una ideología es fundamentalmente fáctica, volitiva y emocional. No es una meditación, sino una ilusión; no una conclusión, sino una pasión. De ahí que su carga emotiva, su inercia social y sus valores útiles acaben anulando a los elementos discursivos. Una ideología establecida es lo más parecido a un mito… Es el caso del comunismo: desde la biología a la metalurgia nada escapa a su vasallaje. Las ideologías, en su hora cenital, son evangelios laicos y dogmas secularizados. Tienen profetas y mártires, y son el máximo motor de las más violentas tensiones internacionales y de los conflictos bélicos. Su rigidez llega a ser inexorable. La Declaración de Derechos de 1789 no ha sido para los demoliberales y el Manifiesto de 1848 para los socialistas algo menos sagrado que el Corán para los mahometanos” (Fernández de la Mora 1971: 39).

Por eso, el mismo autor nos proporciona una de las mejores y breves descripciones del principal objetivo del desarrollismo:

“El desarrollo económico dignifica al hombre y, innumerables efectos secundarios, concentra la atención utilitaria de las masas en el trabajo productivo, despegándolas de la batalla política. Simultáneamente, aumenta la cifra de propietarios y el grado social de responsabilidad y de estabilidad; aburguesa a los proletarios ya las aristocracias; es decir, homogeneíza las clases y, consecuentemente, sus intereses, con lo que se solidarizan los grupos, se aproximan los programas y se supera la polaridad de las reivindicaciones. Todo ello apresura la agonía de las ideologías. Además, la elevación del nivel medio de vida coincide en todas las latitudes con una disminución del analfabetismo, un incremento de la escolaridad, una intelectualización de las actividades y una elevación general de la capacidad media de raciocinio. Pero cuando aumenta el grado de racionalidad disminuyen el pasional, el instintivo y el mágico. Decrecen la ingenuidad, la urgencia de consignas, y la docilidad mental; se desarrollan el sentido crítico, el espíritu de especialización y los conocimientos. Conclusión: el clima se torna amenazadoramente hostil a la proliferación de las ideologías” (Fernández de la Mora 1971: 139).

Profundos cambios que eliminaban el arraigo de movimientos sensibles a transformaciones revolucionarias. El cambio social realizado por el desarrollismo había cambiado a la sociedad española, las clases medias que antes eran una minoría ilustrada con apetencias de dirección del país, frente a las viejas elites agropecuarias castellanas y andaluzas, junto a sus aliados, los capitanes vascos del hierro y catalanes del textil; ahora formaban la base principal de la cimentación de la sociedad de la nueva España. Como diría el jurídico militar y antiguo director general del cine, José María García Escudero:

“Incluso las regiones y clases menos favorecidas han dado un paso adelante espectacular y se puede hablar de una nueva clase extraordinariamente extendida: es la que forman medios y pequeños propietarios, industriales y comerciantes, empleados, técnicos y obreros cualificados que, unidos a la clase media tradicional, van a constituir esa base moderada, equilibrada que nuestro país buscaba en vano desde el principio de la edad contemporánea” (García Escudero 1987: 118).

Al final, el resultado que un militar hijo de la Restauración como Franco buscaba, era la estabilidad y el orden, lo que no pensaba era que tenía que aceptar la liberalización de la economía para ello, cuando él se sentía más próximo a posturas de un estricto nacionalismo económico para evitar dependencias de otros países.

Experiencias comparables en América, durante el mismo periodo fueron el desarrollo propuesto en Argentina durante la presidencia de Arturo Frondizi, y una generación más tarde, la política más radicalmente ultraliberal propugnada en Chile bajo el gobierno de la Junta Militar del general Augusto Pinochet. Las tres experiencias son muy distintas. La española, en la cual se centra este trabajo, se desarrolló de forma paralela con la construcción del Estado de Bienestar, que ayudase a mantener unas cuotas de popularidad del régimen altas, debidas al alza del nivel de nivel de vida del español medio, aunque viviese con recortes en su libertad política. En Argentina, fue ligada a una política centrada en el petróleo, que tuvo como objetivo la modernización industrial del país. Especialmente cuando en 1958, se promulgó la Ley de inversiones extranjeras, que atrajo capitales extranjeros hacia las industrias químicas, petroquímicas, metalúrgicas y de maquinarias eléctricas y no eléctricas. Pero puso en manos extranjeras importantes ramos de la economía industrial (Sikkink 2009). En Chile la aplicación de medidas ultraliberales eliminó la presencia pública en el mundo económico, aunque obtuvo el mismo objetivo desarrollista. Hernán Büchi fue asesor del ministro de Economía, para pasar posteriormente a ser el titular de Hacienda, a cuyo cargo tuvo los programas de estabilización de la economía, manejo de la deuda externa, la generación de empleos y la privatización de bancos y empresas públicas (Büchi 1993).

Curiosamente en España, es en el periodo democrático, cuando las ideas neoliberales han conseguido adueñarse de la voluntad de los dos partidos mayoritarios, y han procedido a la eliminación sistemática de la presencia pública en el mundo económico, y de la fuerte protección social y laboral existente desde el franquismo. Como ejemplo, el 12 de noviembre de 2008, la presidenta de la comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, antigua ministra de Educación de José María Aznar, hizo declaraciones en el programa 59 segundos de Televisión Española, en el que acusó a “Franco de ser bastante socialista” al haber evitado la liberalización laboral y social que se fue consiguiendo con la democracia. La particularidad del caso español siempre estuvo en que fue muy sensible a la entrega de ciertas ramas al capital extranjero, el nacionalismo económico fue muy importante, y la presencia extranjera era tolerada siempre que aportase adelantos tecnológicos. En segundo lugar, la extensión de la previsión social y laboral no podía ser recortada, para no enajenarse el apoyo de los trabajadores. Puntos que contrastan con el desarrollo económico chileno o el neoliberalismo propuesto en Argentina donde se propugna la eliminación del Estado como sujeto activo de la economía.

 

¿Cómo citar este artículo?

Orella, José Luis, “El origen de la derecha tecnocrática española y sus consecuencias”, en Bohoslavsky, Ernesto y Echeverría, Olga (comps.) Las derechas en el Cono sur, siglo XX. Actas del tercer taller de discusión. Los Polvorines, Universidad Nacional de General Sarmiento, 2013. E-book 

 

Bibliografía

Büchi, Hernán (1993). La transformación económica de Chile. Del estatismo a la libertad económica, Norma.

Bullón de Mendoza y Gómez de Valugera, Alfonso (2004). José Calvo Sotelo. Barcelona, Ariel.

DD.AA (1991).Enciclopedia de Historia de España, vol IV (Diccionario biográfico). Madrid: Alianza.

Equipo Mundo (1971). Los 90 ministros de Franco. Barcelona, Dopesa.

Fernández de la Mora, Gonzalo (1971). El Crepúsculo de las ideologías. Estella, Salvat-Alianza.

García Escudero, José María (1987). Historia política de la época de Franco, Madrid, Rialp.

Orella, José Luis (2001). La formación del Estado nacional, Madrid, Actas.

Peña Boeuf, Alfonso (1954). Memorias políticas de un ingeniero. Madrid, Lumen.

Sikkink, Kathryn (2009) El proyecto desarrollista en la Argentina y Brasil: Frondizi y Kubitschek. Buenos Aires, Siglo Veintiuno.

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