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Entre el liberalismo y el republicanismo en las derechas de la Argentina (1955-1983): ¿cómo construir una genealogía del ideario liberal-conservador desde sus intelectuales?

Martín Vicente (Conicet-UNGS/USAL)

Introducción: puntos de partida de nuestra tesis doctoral

Nuestro proyecto de tesis doctoral, titulado “La intelectualidad del liberal-conservadurismo argentino: actores, redes sociales e ideas entre 1955 y 1983”, dirigido por el Dr. Alejandro Blanco (Conicet-UNQ) y co-dirigido por el Dr. Daniel Lvovich (Conicet-UNGS), se articula en torno de tres grandes ejes. En primer lugar, un segmento dedicado a especificar el ideario liberal-conservador y sus intelectuales, mediante la definición teórico-histórica de la categoría liberal-conservadurismo, un abordaje crítico a las lecturas sobre el espacio intelectual argentino que abarcan los años relativos a nuestro objeto de estudio, capaz de dar cuenta de una obturación retrospectiva de estos intelectuales, y un estudio de las trayectorias biográfico-intelectuales y las redes sociales de un conjunto de 14 actores. En segundo lugar, un segmento que busca analizar el ideario de estos intelectuales, a través del estudio de los grandes conceptos ético-políticos y culturalistas presentes en sus diversas obras. Finalmente, un estudio atinente al rol que desempeñaron estos intelectuales en la última dictadura militar, el autodenominado “Proceso de Reorganización Nacional” (PRN), y el sitio que el ideario liberal-conservador ocupó en tal experiencia y cómo actúo en las instancias formativas de la renovación de la derecha argentina, centralmente focalizando los casos de la recepción del neoliberalismo y de la aceptación de la democracia como eje de la vida política nacional.

En este taller pretendemos exponer una serie de preguntas sobre la cuestión de las relaciones entre el liberalismo y el republicanismo, a partir de las concepciones de los intelectuales liberal-conservadores, uno de los núcleos sobre los que estamos trabajando actualmente. Para ello, haremos un recorrido por los textos que han tocado tópicos ligados a nuestra investigación, propondremos definiciones operativas de los conceptos de liberalismo y conservadurismo, y abordaremos la tradición liberal-conservadora argentina. Desde los puntos allí formulados, presentaremos una serie de preguntas, y breves líneas capaces de conducir sus respuestas, para los tópicos atinentes a nuestro eje de trabajo sobre la genealogía del liberal-conservadurismo.

Como hemos trabajado en nuestra Tesis de Maestría, los estudios sobre los intelectuales en los años que nos ocupan han reflejado un proceso de obturación de los actores liberal-conservadores en los espacios de la intelectualidad de los años que nos ocupan (Vicente, 2008). En tal sentido, es central mencionar como parte del universo analítico en el cual ingresa nuestro trabajo, entonces, una serie de estudios recientes que permiten reformular los diversos roles que estos actores han tenido en la sociedad argentina. Los trabajos directamente relacionados con el objeto de nuestra investigación son escasos, empero, y fruto de nuevos abordajes sobre temáticas como los intelectuales, los grupos civiles ligados al último golpe de Estado, las elites liberal-conservadoras, entre otras. Debemos destacar el breve libro de Sergio Morresi, La nueva derecha argentina (2008) y su serie de artículos sobre la relación entre el liberal-conservadurismo y el PRN, y la recepción del neoliberalismo (2007a, 2007b, 2008, 2009). Tales trabajos buscan demostrar las relaciones entre intelectuales liberal-conservadores, neoliberales y el PRN, y entiende, en ópticas que compartimos, que por un lado el liberal-conservadurismo fue el eje ideológico aglutinante de la última experiencia dictatorial (si bien nosotros entendemos que tal relación se restringe a su primer ciclo, las presidencias de facto de Jorge R. Videla y de Roberto Viola) y que a su vez sobre sus bases se montó la renovación de la derecha liberal, la que hoy denominamos como neoliberal. Los trabajos de Mariana Heredia (2001, 2002, 2004) por su parte, versan por un lado sobre el liberal-conservadurismo en los discursos de la prensa, y por el otro sobre el surgimiento del neoliberalismo durante el PRN a través de las instituciones de la sociedad civil. La también breve obra de Gastón Beltrán Los intelectuales liberales (2005) analiza las diferencias entre dos grupos de intelectuales economistas a los que denomina “tradicionales” y “pragmáticos” y que representa, respectivamente, con los casos de Álvaro Alsogaray y Domingo Cavallo. El artículo de Paula Canelo “Las dos almas del Proceso” (2008), por su parte, señala, a través de un análisis de las relaciones entre liberales y nacionalistas, que el  esquema gubernamental del PRN se ordenó en principio en áreas políticas para los segundos y técnicas para los primeros, quienes a su vez se dividieron en dos estratos en conflicto: los liberal-conservadores y los tecnocráticos. Finalmente, es un importante antecedente el artículo de Iván Llamazares Valduvieco (1995), que desde el análisis de las ideas de estos intelectuales y políticos, busca trazar los ejes de las transformaciones al interior del pensamiento liberal-conservador antes y después de la emergencia del primer peronismo.

Tomando los trabajos de Pierre Bourdieu (1999, 2000, 2002, 2007, 2008) entendemos al intelectual como un actor social que se constituye como tal por medio de un proceso que le permite tomar autonomía de otros campos de la realidad social y ello mismo lo habilita a intervenir en la esfera política, desde una lógica propia de los campos de producción cultural. Este anclaje teórico brinda, por medio de sus diversas herramientas conceptuales, una perspectiva analítica capaz de abordar las especificidades del propio campo intelectual tanto como las de la relación de éste con las diversas esferas públicas. En tal sentido, los aportes de Bourdieu permiten trabajar dentro de un esquema estructural que creemos necesario completar, a los fines de la investigación propuesta, con las perspectivas propias de la historia intelectual (Skinner, 2007), puesto que sus aportes específicos permiten desarrollar un tipo de investigación atinente a las ideas, los conceptos y el tipo de construcciones teóricas y discursivas de los intelectuales que estudiaremos, lo cual posibilita, además, un tipo de análisis que busca comprender la autorepresentación de tales intelectuales. La combinación de estas perspectivas analíticas brinda un marco riguroso cuanto plural para estudiar las ideas, conceptualizaciones y discursos desde los propios actores sociales que las crean, reproducen y complejizan, teniendo en cuenta sus relaciones sociales, sus posiciones de rol dentro de su espacio específico de acción y su interacción con otros ámbitos sociales, atendiendo al contexto histórico en que tales ideas y prácticas se inscriben.

La teoría de Bourdieu, sin embargo, posee características inescindibles del contexto francés para el cual fue acuñada originalmente, con lo cual su aplicación al caso argentino hace necesaria una aproximación crítica que ponga de relieve las pertinencias de utilizar cada una de sus herramientas conceptuales, tal como lo han destacado Sigal (1991) y Altamirano y Sarlo (1983). Además, tomaremos en cuenta las observaciones formuladas en el volumen colectivo dirigido por Lahire (2005), en pos de una aplicación no mecánica de las herramientas analítico-conceptuales del autor galo, sino una utilización dinámica y adaptada a las condiciones del marco nacional y temporal elegido. El principal quiebre entre las herramientas bourdianas y el marco argentino se encuentra en la aplicabilidad de la noción de campo intelectual, ya que las particularidades de los años que nos ocupan, entendidos en términos de pretorianismo político por Guillermo O’ Donnell (1972), muestran una supeditación del campo intelectual a la política y una escasa autonomización entre esferas, en contextos institucionalmente débiles. De allí que optemos por trabajar con el concepto de espacios intelectuales, para marcar diversos sitios de articulación intelectual, fronteras lábiles e institucionalización no autónoma.

Contamos actualmente con un corpus de 14 autores, por orden alfabético: Alsogaray, Álvaro; Benegas Lynch, Alberto; Bidart Campos, Germán; García Belsunce, Horacio; García Venturini, Jorge L.; Grondona, Mariano; Linares Quintana, Segundo V.; López, Mario Justo; Martínez de Hoz, José A.; Massuh, Víctor; Perriaux, Jaime; Romero Carranza, Ambrosio; Sánchez Sañudo, Carlos; Zinn, Ricardo. Las diversas trayectorias biográfico-intelectuales de estos actores dan cuenta de una serie de lineamientos comunes en la intelectualidad liberal-conservadora que excede el marco de las ideas y se plasma en las prácticas. En los siguientes puntos, vamos a desarrollar un esquema teórico que nos lleve a una tipificación del liberal-conservadurismo en su vertiente argentina, tras especificar categorías operativas de los conceptos liberalismo y conservadurismo, para ingresar luego en un espacio de preguntas de investigación, y posibles líneas interpretativas, atinentes a la cuestión el republicanismo y su articulación con este lineamiento ideológico.

1-El liberal-conservadurismo argentino y las derechas

Uno de los puntos centrales de nuestro trabajo doctoral es el problema de cómo especificar, dentro de las diversas vertientes de las derechas argentinas, un lineamiento ideológico particular como lo es el liberal-conservadurismo. Como lo ejemplificó Germán Acosta en el Taller, es necesario especificar cuidadosamente las categorías dentro de las derechas, separando diversas tradiciones, tales como concepciones religiosas (cf. los trabajos contenidos en este libro de Ezequiel Grinsendi, Patrica Orbe y Laura Rodríguez), el nacionalismo (sobre el que se articula el trabajo de Juan Ladeuix), las diversas expresiones del liberalismo de derecha (en la que ingresan este trabajo y el de Dante Ganem), entre otras vertientes. Es por ello que en este punto buscaremos formular definiciones operativas de los términos liberalismo y conservadurismo, que nos permitan sustentar nuestra categorización de liberal-conservadurismo.

1.1-Liberalismo

Aquí proponemos que el mejor modo de alcanzar una definición al mismo tiempo comprensiva y operativa del liberalismo es partiendo de una base histórica y al mismo tiempo, siguiendo las advertencias de Norberto Bobbio en su estudio “Liberalismo viejo y nuevo” (1991), entendiendo que el liberalismo no puede interpretarse como un conjunto de ideas articuladas por la centralidad de una figura y su obra, y al mismo tiempo dotado de clivajes internos que contraponen entre sí, en tópicos particulares pero centrales, a determinados autores. Teniendo en cuenta los parámetros previos, podemos entonces abordar al liberalismo siguiendo, justamente, al propio autor turinense en su ya clásica definición: “Como teoría económica, el liberalismo es partidario de la economía de mercado; como teoría política es simpatizante del Estado que gobierne lo menos posible o, como se dice hoy, del Estado mínimo (reducido al mínimo indispensable)” (Bobbio, 1991: 89). Esta categorización, sin embargo y como bien lo ha marcado Morresi (2005: 28-31), necesita ser completada mediante el análisis del rol que cumple en el liberalismo el consentimiento como articulador de las relaciones del individuo con el Estado y el mercado. La libertad liberal y por ende el liberalismo en sí mismo, no estarían completos sin la concepción de que es el consentimiento, racional y voluntario, del sujeto el que determina su relación con esas dos esferas y con otros sujetos, entendiendo al consentimiento tanto como ausencia de coacción cuanto de necesaria voluntad racional del agente. Tenemos, entonces, que el liberalismo es aquella ideología centrada en la postulación de una economía de mercado, un Estado mínimo y relaciones de consentimiento de los agentes. Debemos, seguidamente, precisar qué significados posee, para el liberalismo, cada uno de los componentes de esta amalgama.

Por economía de mercado, el liberalismo entiende un tipo de organización económica cuyo centro es el mercado, comprendido como un ente natural y racional que realiza intercambios basados en la tenencia de bienes privados diversos; dentro de los bienes ingresa toda cosa o actividad transable. La idea de mercado parte de la concepción de la necesidad –cuando no la naturalidad– de la propiedad privada, incluido el propio cuerpo y con él la fuerza de trabajo, como un bien indisoluble del individuo. La extensión de la propiedad privada presupone la existencia de tenencia privada de los medios de producción y de allí la formación de un mercado, con capacidad de autoregulación, cuyos límites pueden variar según las interpretaciones. Acierta Bobbio al no hablar de “libre mercado”, ya que los padres del pensamiento liberal no conocieron tal fenómeno –si bien muchas de sus formulaciones parecen apuntar hacia la teorización de un modelo semejante– y diversos liberales no aceptan, como acabamos de señalar, la idea libremercadista sino que promueven la necesidad de una regulación de diverso grado, como en los casos de los liberales igualitaristas. Con la idea de Estado mínimo el liberalismo plantea límites muy precisos tanto a la intervención estatal como a sus componentes y dimensiones, claro que si bien estos límites difieren entre los autores, es central que esta noción es compartida por el conjunto del ideario liberal. El consentimiento es entendido por el liberalismo como único modo de relación para los individuos, obtenido mediante la voluntad racional y dado en ausencia de toda coacción. Esta última concepción remite a un régimen cualquiera que obtenga el consentimiento de los individuos, por lo que no permite realizar la asimilación directa y excluyente de liberalismo con democracia.

Finalmente, queda por analizar una cuestión tocante a la relación entre el sujeto y las órbitas sociales. En el liberalismo aparece marcadamente la idea de un tipo de individuo racional perfectible y una sociedad que, sin llegar a conformar una meritocracia, se torna más racional y se optimiza en relación a esos ciudadanos. En tal sentido, el ideario liberal postula centralmente un individuo no atomizado, pero dotado de un ámbito privado-personal cuyo espectro define las relaciones sociales, al punto que aquí entendemos al liberalismo como una visión que establece ideales de libertad sujetos, idealmente, a los individuos entendidos como universales y no como colectivos sociales ni casos particularizados. Por ende, esta idea de relación individuo-sociedad, con preeminencia del primero, comprende una idea de individuo participativo que es radicalmente moderna y propia del liberalismo. Desde estas nociones, el liberalismo contemporáneo forja los conceptos de libertad positiva y libertad negativa, cuya teorización más célebre realizó Isaiah Berlin. Para el autor de Dos conceptos de libertad (2004) esta aparece escindida entre una positiva, “libertad para”, y una negativa, “libertad de”. La primera es la ponderada por el liberalismo clásico, consistente en la libertad del individuo racional de obrar voluntariamente según su libertad individual. La segunda, el gran aporte teórico del pensador nacido en Riga, implica un tipo de libertad donde el individuo no puede ser coaccionado por otro. Para Berlin, en aquel artículo señero, la libertad negativa aparecía como la central, pero posteriormente revisó su teoría, pese a lo cual diversos seguidores de su obra mantuvieron el eje sobre este tipo de libertad. Pero aquí sostenemos que, en aras de acotar una definición operativa del liberalismo, debemos tener en cuenta una complementariedad de los dos tipos de libertad, que nos lleve a entender la noción de libertad liberal compuesta tanto de libertad positiva entendida como “libertad para hacer X” cuanto de libertad negativa entendida como “libertad para no ser obligado a hacer X”. La articulación de estos tipos de libertad permite configurar la libertad liberal como aquella en la que el individuo posee una libertad desde sí tanto como una libertad hacia sí.

En la idea de libertad, el liberalismo coloca su eje. El correcto desarrollo de la libertad conforma el sentido primordial del modelo liberal, y a partir de allí se hace inteligible la concepción del orden liberal.

1.2-Conservadurismo

Una vez propuesta la reciente definición operativa de liberalismo, nos ocuparemos de hacer lo propio con el concepto de conservadurismo. Como ya señalamos, los orígenes de ambas ideologías son coincidentes y no faltan autores que ven en el conservadurismo la reacción al liberalismo, sobre una línea de lectura que marcábamos al comienzo de este apartado y que lleva a equiparar liberalismo con Modernidad. Por ello, como ocurre en el caso del concepto de liberalismo, quien se proponga definir al conservadurismo, aunque se trate de una definición operativa como la que aquí buscamos, se enfrenta a una serie de escollos no menos traumáticos, en especial con la asimilación entre liberalismo y conservadurismo que se ha realizado desde el auge del neoliberalismo (Cf. Nash, 1987). La honda impresión que los cambios que definieron la Modernidad provocó en un conjunto de pensadores y políticos europeos fue el punto de partida para el pensamiento conservador, sustentado sobre lo que Salvador Giner ha denominado “el desencanto del progreso” (1979: 79). Estos hombres atribulados dieron origen a una concepción que, al analizarse centralmente desde la mirada ético-política, aparece como la única de las grandes ideologías políticas occidentales que coloca en su centro la idea de Dios, y parte de allí para entender el mundo. Este “ordenamiento cosmológico”, como lo define William Harbour (1985: 14), del conservadurismo es el que determina el postulado de un universo cuyo centro es Dios y todo otro ente y acción aparecen sujetos a la divinidad. Esta óptica teísta es esencial para aprehender los diversos ejes del ideario conservador, ya que desde allí el conservadurismo erige una concepción antropológicamente negativa, basada en dos puntos centrales: el hombre se entiende desde sus imperfecciones frente a la perfección de Dios, y al mismo tiempo la vida terrenal aparece incompleta ya que es inferior a la vida en el más allá, la cual a su vez es el única manera de realizar la completud humana. Advertir sobre esta antropología negativa constituyente del conservadurismo no obsta colocar a este pensamiento como fuertemente humanista. De hecho, y teniendo en cuenta la centralidad que la pregunta por Dios posee en esta ideología, es posible entender esta concepción, como lo hace el citado Harbour, como “humanismo teocéntrico” (1985: 21-25), en tanto implica una concepción en la que Dios es centro para el hombre, y desde allí se desprenden tanto la antropología negativa que señala la incompletud y las limitaciones humanas, marcadas además por el pecado original, cuanto los ejes y límites que conforman el orden propiamente terrenal y humano, erigido sobre los pilares religiosos judeo-cristianos y las incorporaciones posteriores entendidas como aportes a la tradición. Desde esta óptica, los cambios aceptados son aquellos que, sustentados en los principios del humanismo teocéntrico suponen renovaciones que caminan por la antigua senda.

Es la óptica de negatividad antropológica ya analizada la que determina cómo el conservadurismo entiende al hombre en sociedad, es decir, cómo forja su concepción ético-política. En tal sentido, el pensamiento conservador posee una visión no sólo fuertemente antiutópica y crudamente realista, sino prudencialista. Este prudencialismo aparece ligado a una doble argumentación: en primer lugar, a la devoción del conservador por las tradiciones y el orden social marcado por ellas, y a la escasa confianza en las transformaciones. Este desaliento, sin embargo, no significa que el conservadurismo proponga una sociedad estática, sino que aprueba los cambios graduales, módicos e inspirados en “el espíritu” de la tradición.

Al igual que en el caso del liberalismo existen al interior del conservadurismo diversas manifestaciones que, respetando el núcleo axial antes descripto, otorgan dinamismo interno a la ideología. En tal sentido, y central para la relación entre liberalismo y conservadurismo tal como la articula el ideario liberal-conservador, aparecen las ideas sobre el rol del Estado y el mercado. Debemos recordar que el surgimiento del conservadurismo se da justamente en torno de los cambios experimentados en la transformación del  Ancien Régime, cuando las ideas de Estado y mercado mutan fuertemente pero, a diferencia del liberalismo, no hay en el conservadurismo inclinaciones genéricas hacia las concepciones sobre tales esferas. En tal sentido, es factible aplicar la lectura de Ted Honderich (1993: 38-61), centrada en lo que el autor denomina “la prueba del tiempo” y determinada por la interpretación de que el pensamiento conservador juzga desde la facticidad, por lo cual los análisis conservadores pueden variar según lo ocurrido en diversas sociedades y tiempos. Así, sería probable afirmar que, en una sociedad donde el individuo conservador entendiese que determinada forma de Estado y mercado han actuado de modo positivo, sus concepciones se liguen a destacar la sabiduría de tales modelos y por ende la necesidad de prolongarlos y protegerlos de posibles disrupciones, lo cual, como el propio Honderich señala, no implica un desprecio por la teoría, en tanto “la naturaleza básica del conservadurismo no consiste en una oposición, ni la incluye, a la teoría y lo que procede de ella, y en realidad el conservadurismo acepta la teoría y lo que proviene de ella” (Idem: 74). Lo que es central, entonces, en el conservadurismo es la preeminencia de la experiencia fáctica, mesurada y aceptada, por sobre la idealización teórica y la remisión a modelos no fácticos. En la base del conflicto de las posturas sobre el Estado y el mercado, aparece el problema ético-político que en el conservadurismo representa el que es el concepto vertebrador del liberalismo: la libertad. Precisamente, la idea de libertad es central en el conservadurismo, pero aparece imbuida de características muy diversas a las que presenta la concepción de libertad liberal. En primer lugar, la libertad no aparece como el término configurador de la ideología, puesto que en el conservadurismo aparece en tal sitio el concepto de orden, centrado en la concepción de que orden significa la puesta en presente, con miras hacia el horizonte del futuro, de las enseñanzas de la tradición. Seguidamente, la libertad dentro del orden, supeditada a él, debe sin embargo dotarse de límites muy específicos, ausentes –en términos generales– en el liberalismo. Esta subordinación de la libertad al orden, que los conservadores entienden como la auténtica libertad, deviene en una abierta desconfianza a los principios del racionalismo iluminista en general y a su aplicación a los casos de la política. Esta aversión del conservadurismo ha sido gráficamente expuesta por Michael Oakeshott, quien acuñó el concepto de “racionalismo en la política” para marcar ese hiato teórico que separaría las teorizaciones abstractas de la política empírica y situacional. Al mismo tiempo, el autor nacido en Chelsfield postulaba que el racionalismo mismo no debía ser entendido como un don propio de un movimiento humano, sino como un don otorgado por Dios a los hombres. En tal sentido, la libertad no aparece como un eje de lo humano sino como una consecuencia de su accionar histórico pero determinado por los componentes teocéntricos que lo sustentan, dentro del marco terreno del ordenamiento cosmológico (2001: 21-53).

Hemos señalado previamente que en el liberalismo aparecía un concepto central que tenía obvias derivaciones en la concepción liberal sobre el rol del individuo, la idea de consentimiento. En el caso del conservadurismo, muy otras son las circunstancias. Para este ideario, la distorsión de la gran tradición judeo-cristiana por el avance racionalista e iluminista comporta la licuación del basamento ético central de la civilización, de allí que su lectura antropológicamente negativa del hombre y su desconfianza en los asertos de la razón humana conformen una lectura reticente a que el individuo pueda expresar un libre consentimiento, y prefiera hacer foco en los medios de coerción y regulación necesarios para asegurar el correcto desenvolvimiento de los agentes sociales. Podemos señalar, en este sentido, que dos grandes movimientos normativos son axiales en el pensamiento conservador: la creencia en una ley natural, proveniente de Dios y en armonía con la concepción teocéntrica, que debe respetarse pero aparece amenazada de ser pervertida, y la postulación de la sabiduría de las tradiciones. En ese sentido, el orden de Dios y los senderos de la tradición son el límite aceptable para el albedrío individual; el hombre que obre dentro de él, puede utilizar el criterio del consentimiento, pero como el conservadurismo postula estar en permanente peligro, sólo pocos hombres pueden permanecer impertérritos ante los cantos de las sirenas de la disrupción, con lo que se hace necesario un criterio superior, ligado a las coerciones. De ahí que, acerca de la idea de libertad en el conservadurismo, podamos indicar que el aparece rodeada por la idea de propiedad privada en un sentido amplio: la tenencia de bienes y la órbita privada del sujeto.

Mediante los puntos recientemente expuestos, podemos señalar que, al revés del proceder liberal, el conservadurismo coloca en su centro la idea de orden, y a ella supedita la idea de libertad: sólo se podrá ser libre en el caso de que el orden propuesto por el conservadurismo impere.

1.3.a-El liberal-conservadurismo argentino

Si bien una gran mayoría de estudios sobre las derechas argentinas se ha interesado en sus vertientes nacionalistas o autoritarias, creemos que la relación entre trabajo académico e historia política no es, en este sentido, convergente. Como ha destacado Fernando Devoto, en la relación de preeminencia al interior de la derecha vernácula el pensamiento conservador –nacionalismo, catolicismo integrista y autoritarismo en sus vertientes más destacadas, a la vez las que han recibido mayor atención académica– no ha tenido el sitio que ha ocupado el liberalismo, sino que debemos entender “su debilidad, su subalternidad ante la larga pervivencia del fundador imaginario liberal argentino” (2006: XI). Siguiendo esta lectura, tal proceso encontraría su clave en la fuerza con la cual el modelo básico liberal generó un consenso alrededor de sus valores, sus basamentos políticos y legales, y “en torno de una idea de pasado que subtendría otra de futuro” (2006: XII). Es innegable que este ideario tuvo frente a sí escollos de todo tipo, venidos desde diversas concepciones, y que se enfrentó, según los propios autores del liberal-conservadurismo, a un núcleo común: la política de masas. En efecto, y como quedará demostrado en el recorrido a través de los intelectuales elegidos, en tal politización de las masas, esta vertiente del liberalismo encontró los genes forjadores del populismo, el socialismo y/o el fascismo, siempre unidos conceptualmente por sus modos de articulación masivos: allí el ideario liberal-conservador encontraba tanto su límite como su némesis. En segundo lugar, y como se desprende de lo antes expuesto, a diferencia del liberalismo, es posible hablar del conservadurismo en la Argentina, como lo hace Ezequiel Gallo, marcando el “carácter sui generis de la tradición conservadora en la Argentina” (1992: 91). A diferencia del liberalismo, el conservadurismo no logró forjar una estructura basamental capaz de convertirlo en una expresión con la fuerza necesaria para incorporar en sí otras lógicas políticas, salvo claro en casos minoritarios, incomparables con la amplitud del esquema que el liberalismo pudo construir, ni logró forjar con el correr del tiempo un corpus doctrinario independiente o la construir una genealogía, de una familia ideológica propia y diferencial.

En tal sentido, entonces, es sumamente importante destacar los recientes aportes de Olga Echeverría, quien siguiendo esta línea de lectura ha puesto de relieve los fuertes influjos que el ideario y el modelo liberal supusieron en una serie de intelectuales e ideólogos autoritarios. En palabras de la autora, las críticas de estos actores no se alejaban excesivamente del modelo previo, en tanto compartían con los sectores de la elite ochentista una serie de diagnósticos centrales y por ende “en términos políticos no se rechazaba de plano al sistema liberal burgués, sobre todo de un liberalismo tan conservador como era el argentino” (2009: 126), amén de compartir la idea motriz del ideal de República como gran eje ordenador de la vida política. Este diagnóstico permite enfocar con precisión dos articulaciones centrales: el rol del ideario liberal-conservador como amalgamador de diversas vertientes de las derechas argentinas y la opción que podía representar una salida autoritaria, entendida como políticamente justa, frente a una democracia que ha perdido sus estribos. Así, la diferenciación entre “dictadura” como fenómeno pasajero, correctivo y saneador y “totalitarismo” como desborde masivo, aparecerá como un recurso clave en el discurso de las derechas. Si bien las justificaciones teórico-doctrinarias han sido diversas –desde los padres de la Iglesia Católica a Alexis de Tocqueville, pasando por Bartolomé Mitre–, en su eje aparecía la idea de que el orden nacido de la Constitución Nacional de 1853 había sido “desfigurado por la Ley Sáenz Peña, y había llevado a los argentinos a vivir en perpetua beligerancia” (2009: 201), impuesta por la apertura del sistema político a la sociedad de masas, en proceso de creciente diversificación y complejización.

El último punto a tener en cuenta para el esquema que aquí estamos planteando y  que completaría la justificación de la elección terminológica y la colocaría dentro de un racconto de puntos salientes para analizar la lógica del liberal-conservadurismo, es marcar que, al mismo tiempo, el liberalismo argentino absorbió en su seno lineamientos diferentes a los del conservadurismo. Nos referimos al reformismo que se hace patente como visión gradualista y a la vez, frente al liberal-conservadurismo, aperturista, como la corriente que designamos como liberal-reformismo. Efectivamente, este liberal-reformismo, pese a su basamento en el liberalismo, se ve enfrentado en muchas de sus ideas centrales al liberal-conservadurismo (Zimmermann, 1995; Vicente, 2008). La pertenencia de ambos al esquema mayor del liberalismo, empero, es lo que logra miradas que, pese a ser disonantes e incluso antagónicas entre sí, las entienden y justifican desde el liberalismo. A su vez, y retomando en cierto sentido los aportes de la mencionada obra de Devoto, creemos que en esta bifurcación del liberalismo en dos alas diferenciadas, pero en relación de retroalimentación con el esquema liberal madre, se encuentran muchas de las claves para explicar la importancia de tal ideario en la Argentina, por medio de un proceso dinámico que permitió su fortaleza a través de la polémica entre sus vertientes.

José Luis Romero caracterizaba como “la línea del liberalismo conservador” a la ideología de las clases dirigentes una vez que “la evolución de la élite republicana hacia una organización cada vez más estrechamente oligárquica fue acelerada” y sostenía que tal ciclo “suscitó una contradicción íntima entre los ideales liberales y los ideales democráticos” (2004: 190-191) que derivó en la crisis del proceso. El enfrentamiento de tales posturas liberales diferentes abrió, para el historiador, una brecha en su estructura previa. Este cambio, según Natalio Botana, para quien “la combinación de conservadurismo y liberalismo generó actitudes muchas veces contradictorias”, implicaba que en el sendero de salida del canon del ‘80 “ocupaban el primer plano los reformadores” (1998: 14-16). Ambos autores prefieren marcar que dentro de aquellos esquemas luego superados existían fuertes contradicciones, adoptando la cuestionable idea de que democracia y liberalismo son compatibles per se. En nuestro abordaje, en cambio, entendemos al liberal-conservadurismo como un lineamiento ideológico particularizado y coherente, que por ello mismo no resolvió sus aparentes contradicciones sino que fue otra vertiente dentro del tronco madre del liberalismo pero diametralmente opuesta, la del liberal-reformismo, la encargada de dar paso a la renovación del sistema político, y con ella a sentar las bases para un tipo de puesta en acto de la sociedad en la política. En esta diferencia se encuentran diversas bases de la lucha al interior del liberalismo, que serán centrales para el discurso liberal-conservador en los años que ocupan nuestra investigación, como hemos analizado previamente (Vicente, 2008).

1.3.b-Hacia una tipificación

Una vez marcado este racconto histórico, podemos tipificar la ideología liberal-conservadora, y diferenciarla del liberalismo y el conservadurismo específicos. Entendemos al liberal-conservadurismo como la articulación ideológica entre liberalismo y conservadurismo que parte de una concepción antropológica negativa         -que se profundiza al analizar el “siglo de las masas”-, basada en el ideal religioso de que la vida terrena es necesariamente incompleta e inferior a la que espera una vez abandonada la vida biológica. Entiende a la democracia como un bien a lograr por medio de la elevación de las masas, pero hasta que tal momento no se patentice, la concibe como un peligro que amenaza a las minorías. Respeta la entidad y la sabiduría de las instituciones y tradiciones heredadas, a las cuales busca proteger de posibles amenazas disolventes. Postula la necesidad de un orden social jerárquico, cuya lógica aparece sustentada por las implicancias de los anteriores puntos básicos. Estos puntos conforman el basamento de los dos imperativos del modelo liberal-conservador: orden y libertad. Orden implica la supresión del caos social tanto como de las formas societales, especialmente políticas, que puedan ser disruptivas del modelo propugnado; en ese sentido, aquí aparece una mirada sobre el sistema democrático que es central y es su ligazón con un esquema republicano y su alejamiento de las formas masivas. Este rechazo a las formas masivas se extiende a todos los fenómenos que impliquen una ruptura de los cánones elitistas, por cuanto entiende que en la realidad existen tanto los “mejores” como los “peores”, y la sociedad debe ser tutelada por los primeros, que buscarán elevar a los demás a un estadio superior. Una vez logrado ese orden, puede darse paso a la libertad, la cual no está ligada con la idea liberal decimonónica, sino que aparece como una libertad acotada al respeto de los marcos delimitados por dicho orden. Es decir, se trataría de un tipo de libertad equidistante de la idea de libertad positiva (“soy libre de hacer X”) tanto como de la idea de libertad negativa (“soy libre de no ser obligado a hacer X”), pero que las incorpora para forjar una concepción que se liga con ciertas vertientes del ideario republicano, en tanto el sujeto es libre de adoptar la Ley de los libres, la Ley justa y esto tiene un necesario correlato social.
La potencia de las implicancias tanto ideológicas como históricas del modelo del liberal-conservadurismo serán ejes de una constante apelación, por parte de los intelectuales estudiados, a las concepciones tanto como condiciones de la vida social que se forjaron durante los años en que tal visión fue la de las elites dirigentes del país.

2-La cuestión del republicanismo y una serie de preguntas sobre nuestro trabajo

Un proyecto como el de nuestra tesis debe plantearse centralmente la cuestión de la genealogía del ideario que estamos estudiando, buscando responder centralmente una serie de preguntas que articulan la investigación: ¿Cómo se emplaza histórica y conceptualmente el liberal-conservadurismo en la Argentina? ¿Qué tipo de operaciones intelectuales llevaron a cabo nuestros actores dentro de los ejes rectores de este lineamiento ideológico? ¿Cómo se articularon, actores e ideas, con el proceso histórico comprendido en nuestro recorte temporal? ¿Qué bases aportó el liberal-conservadurismo para la constitución de la nueva derecha argentina? Postulamos aquí que las respuestas a estas preguntas permiten dar cuenta de una de las grandes etapas del proceso histórico del liberal-conservadurismo en la Argentina, la que emerge luego del derrocamiento del primer peronismo y finaliza con los conflictos propios del PRN y sus sectores civiles.

1) ¿Puede la matriz ideológica liberal, tamizada a través del liberal-conservadurismo, articularse con la idea republicana o sólo yuxtaponerse? En tal sentido, nuestra exploración parte de la constatación de que la intelectualidad del liberal-conservadurismo propone como modelo ideal de gobierno la forma republicana, inspirada en la Constitución de 1853. Fuertemente anclados en el pensamiento de Juan Bautista Alberdi, estos autores buscaron destacar que la Carta Magna en ningún caso habla de la democracia como modelo gubernamental, y que por ello debe prevaler el gobierno de las leyes por sobre la autoridad popular. Más allá de las bases doctrinarias de esta postura, hay en ella una clara estrategia político-intelectual de confrontación con el modelo de la democracia de masas, de la cual el liberal-conservadurismo es temeroso no sólo por las posibilidades amenazantes que le endilga a tal esquema –los excesos populistas, la tiranía de la mayoría, la demagogia de los modelos plebiscitarios, entre otras– sino por las propias marcas históricas que el caso argentino ha infundido en tal modelo: el quiebre de la democracia de baja intensidad propia del régimen del ’80 y el advenimiento de los modos populistas del radicalismo y el peronismo. Como se ha debatido en el Taller, en tal sentido el ideario liberal-conservador es aquí el gran articulador de las miradas que promulgan una idea republicana como modo de poner coto a los posibles excesos de la democracia, en tanto en él aparece la gran continuación del esquema previo a la Ley Sáenz Peña.

2) ¿Es el republicanismo una consecuencia lógica del liberal-conservadurismo y/o una articulación frente a la sociedad de masas? Justamente, el análisis previo nos lleva a preguntarnos hasta dónde la articulación republicana que hemos presentado aparece determinada por motivos doctrinarios, por necesidad histórica o por una unión de ambas. Si bien creemos que la respuesta correcta es esta última opción –en especial sí, como se ha debatido en el Taller, tomamos en cuenta las articulaciones del liberal-conservadurismo con otras derechas–, un análisis de los diversos argumentos permite cotejar el distinto peso de uno u otro, y por ello mismo el tipo de orden republicano que se propugna. Desde allí, se podrá comprender cómo actúa tal idea de democracia: supeditada y limitada al orden republicano, la concepción de democracia que aquí aparece bien puede graficarse por medio del ya clásico modelo de Robert Dahl (1989) de “oligarquía competitiva”, es decir una modalidad política de competencia intraelitaria, una democracia de baja intensidad (aquí, el modelo de los Estados Unidos propuesto por los Federalist Papers es un eje central para nuestros autores), que a la vez que deja en claro que la concepción de democracia es finalmente instrumental en tanto sólo es aplicable para aquellos actores capaces de estar a la altura del desafío de vivir en democracia, rol que la intelectualidad liberal-conservadora endilga para sí, en un claro proceso de autoconstrucción de figura intelectual.

3) ¿Cuáles son las grandes diferencias entre las aspiraciones republicanas del liberal-conservadurismo y las de la derecha nacionalista? Si bien la derecha nacionalista no es nuestro tema, consideramos que para un encuentro como este es un tópico de gran importancia poder establecer una serie de pautas capaces de estudiar cómo las dos grandes tradiciones de la derecha argentina, partiendo desde Alberdi, desarrollaron modelos republicanos, elitarios ambos, cuyo núcleo teórico de justificación es diferente cuando no contrapuesto. Actualmente, estamos analizando esta temática, por lo cual preferimos no extendernos aquí sobre posibles hipótesis de trabajo, más allá de marcar la importancia del objetivo republicano como un gran vertebrador de distintas concepciones de la derecha argentina, en tanto el modo de gobierno republicano aparece amparado por el texto de la Carta Magna y permite concebirse como modelo opuesto al de la democracia: en tal sentido, el gobierno de las leyes frente a la soberanía popular.

En la cuestión sobre las diversas alternativas que el eje republicano puede aportar a los temas contenidos en nuestra tesis doctoral creemos que pueden insertarse varios de los principales puntos analíticos referidos previamente. El modelo republicano, ligado a la Constitución de 1853, actuó en los intelectuales liberal-conservadores tanto como el modelo básico sobre el cual debía articularse la vida política nacional cuanto como el horizonte de expectativas una vez desarticulada la Argentina de masas. En torno de esos dos puntos de articulación con el ideario republicano, es posible cotejar muchos de los diversos tópicos y construcciones intelectuales de los actores que nos ocupan, así como diversas instancias de sus prácticas sociales y políticas.

Conclusión: el sitio del liberal-conservadurismo entre las derechas argentinas

El recorrido previo nos ha permitido especificar categorías operativas de los términos que conforman el concepto de liberal-conservadurismo, para luego sustentar nuestro abordaje a la vertiente argentina de tal lineamiento ideológico y tipificarla posteriormente. A partir de allí, nos hemos preguntado y respondido, en diálogo con los participantes del Taller, por la relación entre este ideario y la idea republicana, cuyas conclusiones preferimos dejar, como señalamos, en el ámbito de lo conjetural, pero sin desconocer que en esa relación entre el liberalismo y el republicanismo se ubican las fronteras del liberal-conservadurismo en el amplio espacio de las derechas argentinas, y que decodificar los diversos espacios ideológico-discursivos de su intelectualidad implica internarse dentro de un proceso de recuperación de ese espacio, realizar su genealogía desde actores sociales centrales para comprender la producción de los discursos ideológicos y las instancias mismas que permiten y explican tal producción.

¿Cómo citar este artículo?

 

Martín Vicente, “Entre el liberalismo y el republicanismo en las derechas de la Argentina (1955-1983): ¿cómo construir una genealogía del ideario liberal-conservador desde sus intelectuales?”, en Ernesto Bohoslavsky y Olga Echeverría (compiladores): Las Derechas en el Conos Sur, Siglo XX. Actas del Segundo Taller de Discusión, Tandil, Secretaria de Investigación FCH-IEHS/UNICEN, 2012

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