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¿Es posible el fascismo en Uruguay?: nacionalismos, izquierdas y derechas

Ximena Espeche

La lucha contra el imperialismo la llevó adelante Batlle y Ordóñez, que fue quien le marcó el rumbo a su partido y a la república. Sin nacionalismos peligrosos, que han desembocado muchas veces en el atraso y en la regresión; por el camino levantado del respeto al derecho y a las libertades colectivas, el Batllismo ha desarrollado ese principio.
“República ejemplar” (editorial), Acción, 7 de enero de 1959, 3.

 

Hay un núcleo de ideas centrales del Partido Nacional que admite estar más a la izquierda o más a la derecha sin dejar de ser blanco. Mientras sigamos siendo antiimperialistas, liberales en alguna de sus acepciones, defensores de las leyes, de la democracia, de la República, de la soberanía nacional y de los derechos de los ciudadanos seguiremos siendo el partido de Oribe, Berro, Gómez, Saravia, Herrera y Wilson. Es un tema de estrategia, no todos debemos tirar la corbata y usar campera.

(Sociedad Uruguaya, 2011)

Propuesta del ensayo

El sistema bipartidista uruguayo –esto es, el del partido Blanco (o Nacional) y el partido Colorado-, con preeminencia casi absoluta al menos hasta los años setenta del siglo XX, estaba integrado por partidos autodefinidos como policlasistas y con fracciones que atravesaban todo el espectro ideológico: fracciones de centro, derecha e izquierda. Un ejemplo claro ha sido el batllismo para el partido Colorado en el espectro centro-izquierda o el coloradismo radical para la izquierda, el riverismo en la derecha del mismo partido y el herrerismo para el centro-derecha, el carnellismo y asociación nacionalista demócrata social para la izquierda del partido Blanco.[1] A pesar de estas variantes, en diversas ocasiones la apreciación más inmediata ha hermanado al partido Blanco con la derecha, más allá de que esa asociación estuviera sostenida en identificar como imagen total del partido a su fracción mayoritaria, la “herrerista”, (conducida por Luis Alberto de Herrera, hegemónica desde los años 20 hasta incluso luego de la muerte de su líder en 1959). Esta perdurable consideración del herrerismo, obliga a revisar cómo se define esa “derecha” y, obviamente, contra qué se recorta, atendiendo a que su definición siempre es contextual.

En 1958, el partido Blanco/Nacional ganó las elecciones en una alianza con la Liga Federal de Acción Ruralista[2], y luego de 93 años de primacía colorada accedió al gobierno del país.[3] Esta victoria fue considerada por varios contemporáneos una muestra del avance del fascismo en el país (Rama, 1958), de un nacionalismo ajeno a las necesidades e identidades del Uruguay liberal (Acción, 1959) o como el resultado de una alianza que tenía a un “grupo derechista” usufructuando un partido (Rodríguez Monegal, 1966). La victoria tuvo también otras interpretaciones. Por ejemplo, que Uruguay en el marco de la alianza herrero-ruralista podía recuperar una pertenencia regional que no había sido tenida en cuenta por los gobiernos batllistas y neo-batllistas entre 1955 y 1959 (D´Elía, 1980); esto es, recuperar un destino “latinoamericano” que lo obligara a revisar la imagen de país “excepcional” con la cual era identificado tanto por nacionales como por extranjeros así como también recuperase el valor de la campaña –considerada históricamente dejada de lado por Montevideo- (Methol Ferré, 1958); una victoria que había que capitalizar y constituir en punto de despegue de una “izquierda nacional” uruguaya (Ares Pons, 1958).

1958 es, en el marco de este trabajo, un momento crucial. Gran parte de la población evaluó que el país se encontraba en una crisis económica, política y cultural que removía absolutamente todas las estructuras y las creencias de ser la “Suiza de América”, y es por ello resulta una vía interesante para realizar el ensayo que aquí propongo. Esto es, analizar, en el marco de las repercusiones de dicha victoria, la producción de ciertos intelectuales del ámbito “progresista”, revisar los modos en que ciertas caracterizaciones del herrerismo como una fracción históricamente consignada a la derecha del espectro ideológico -y por ende, de ciertas caracterizaciones del partido Blanco por la identificación con su fracción mayoritaria- fueron relativizándose o, al menos, reconfigurándose sobre todo a la luz de ciertas redefiniciones sobre qué significaba ser nacionalista en Uruguay. Es decir, nacionalismo entendido como la defensa de la soberanía y de una cultura nacional y no aquí como perteneciente al Partido Nacional –aunque en algunos casos esas adscripciones se superpongan por la misma sinonimia de los términos pero también porque el partido Blanco/Nacional fue considerado por sus partidarios como “Partido de la Nación”-.

Ensayo aquí una hipótesis: esa relectura puede ser comprendida en el marco de una coyuntura específica, es decir, del Uruguay en “crisis estructural” (que puso en duda la hegemonía del Uruguay batllista); asimismo, y en relación con lo anterior, que debería verse allí el encadenamiento complejo sobre qué era dado entender y defender como nacionalismo uruguayo, en el marco de las preguntas y temores por el futuro del país.[4] Como colofón también podría proponerse un trabajo de mayor aliento al aquí intentado, que se detuviera en otros “momentos” significativos en la historia político-cultural del país (como el primer batllismo o el golpe de Estado de 1933) para revisar qué movimientos de sentido tuvo la adscripción de la derecha con el partido Blanco/Nacional en Uruguay siguiendo el itinerario del nacionalismo. Cuestión que dejo planteada como interrogante.

Partidos y Nación

 

Una de las formulaciones con las que se ha intentado explicar el derrotero de la historia política uruguaya es la que identifica la historia de sus dos partidos –llamados “tradicionales”- con la historia de la nación. En otras palabras, esa historia fue explorada, y con la extrema pregnancia en análisis posteriores desde diversas disciplinas como la historia, la sociología y la ciencia política, por el historiador Juan Pivel Devoto en un libro publicado en 1942: Historia de los partidos en Uruguay. Allí, el historiador-político -con frecuente participación dentro del Partido Nacional- explicó que los partidos tradicionales habían nacido con la nación, en el enfrentamiento entre las divisas blanca y colorada en la Batalla de Carpintería en 1836. El motivo de la batalla fue que el caudillo Fructuoso Rivera se levantó contra el gobierno de Manuel Oribe, elegido presidente un año antes por la Asamblea Legislativa. Oribe obligó a que sus seguidores usaran un cintillo de color blanco que decía “Defensor de las Leyes”. Rivera hizo lo propio con uno colorado. La victoria fue de éste último y Oribe abandonó la presidencia. Sin embargo el gobernador de Buenos Aires, Juan Manuel de Rosas, lo consideró el legítimo mandatario del Estado Oriental y lo apoyó en su lucha contra Rivera. Tras varias peripecias que involucraron a distintos grupos de la Confederación Argentina y a Francia, Oribe -al mando de un ejército blanco y rosista- terminó derrotando en 1842 a Rivera, a quien sitió en Montevideo. Así, a partir de 1843 los colorados estuvieron sitiados en la ciudad-puerto y reforzaron sus lazos con la “civilización europea”, mientras que los blancos, instalados en el Cerrito (a las afueras de la ciudad), se vincularon con ese ambiente rural al que le asignaron después un lugar preponderante para el desarrollo del país. A la vez, los blancos quedaban así emparentados con lo “criollo” y lo “americano”, mientras que los colorados se definían entonces por el particular anhelo de la ciudad cosmopolita, con la que hacían coincidir el desarrollo del carácter uruguayo (Demasi, 2008; Rilla, 2008).

Definidas las divisas, con el correr de la historia y según el análisis de Pivel Devoto, se fue dando su conversión en partidos, su institucionalización y, cada vez más, la justificación de que en ambos se hallaba contenida la razón de la historia del país: el enfrentamiento campaña-ciudad y caudillos-doctores (esto es, entre los líderes rurales y la clase política), la coparticipación (en 1872, contra lo que preveía la Constitución de 1830, se llevó a cabo un acuerdo en la división de jefaturas de departamentos entre ambos partidos), el sostenimiento de la democracia. Tal como examinó Mariana Iglesias (2011), el texto de Pivel Devoto podría ser leído en realidad como una historia que, al justificar la acción de ambos partidos como epítomes de la configuración nacional, a la vez conformó una revalorización del Partido Blanco. Así:

En tal sentido y sin ánimo de ser exhaustivos nos preguntamos si, en el contexto específico en el que escribió Pivel, la centralidad del binomio “caudillos” y “doctores” puede ser pensada como una contestación del esquema “civilización”- “barbarie” a partir del cual el batllismo construyó su relato sobre la nación; la defensa del tradicionalismo puede ser vista como una impugnación al cosmopolitismo batllista y, junto con la idea de “país real”, como una visión alternativa a la del “país modelo”, central para el sector y basada en una idea de acción humana vanguardista e innovadora; la concepción de partidos políticos como colectividades organizadas en torno al liderazgo personal del “caudillo” puede ser contrastada con una idea más institucional y orgánica de la organización política de la sociedad mediante la que promovió la conformación de un partido político que preveía instancias formales de decisión colectiva que excedían la voluntad de los líderes personales, como fue el caso del batllismo (Iglesias, 2010).

Es que Pivel Devoto enunciaba sus tesis en el marco de un Uruguay que, ya en la década de 1940, podía reconocerse como “batllista”. José Batlle y Ordóñez legó una serie de reformas del Estado y de ampliación de la democracia que constituirían lo que Caetano (1993) ha dado en llamar el “imaginario batllista” del país. Esto es, un país socialmente calmo, económicamente estable, culturalmente cosmopolita; un país de clases medias, una “Suiza de América”. Era un Uruguay que se reconocía a sí mismo en la estela liberal y democrática. En palabras del sobrino de Batlle y Ordóñez, Luis Batlle Berres (1948) Uruguay era así “un oasis”, una “excepción”.[5] El batllismo entonces habría configurado la piedra de toque de una definición de lo nacional a la que, finalmente, debieron plegarse tanto las otras fracciones del Partido Colorado como el mismo Partido Blanco. El propio Batlle Berres daba legitimidad a su gobierno haciendo de él un legado del de su tío: “el programa de ayer es el de hoy” (Rilla, 2008: 309).

Pivel Devoto escribió su libro luego del avance anti-liberal, que en el país había tenido presencia con el golpe de Estado de 1933 que dio el presidente colorado Gabriel Terra, con el apoyo entre otros del herrerismo[6], y del “Golpe bueno” de 1942, que produjo la restauración batllista.[7] El texto podría comprenderse como un intento para desarticular el relato colorado-batllista y también podría leerse como parte de una serie de resignificaciones vinculadas al nacionalismo vernáculo.[8]

Diferentes autores han ubicado a Pivel Devoto como simpatizante del franquismo (Barrán, 2004) y como “promotor” de las ideas nazi-fascistas (Zubillaga, 2002). La producción de Pivel, a su vez, podría ser revisada encontrando allí ciertos mojones que la ubicarían a la derecha del espectro ideológico (Iglesias, 2010). Es entonces necesario preguntarse aquí qué razones lo volvieron “digerible”. Las apuestas analíticas en los años cuarenta se recortan justamente sobre el marco del avance antiliberal pero que acataba el juego democrático (Alpini s/f). Es claro que lo que está en cuestión allí también es la formulación de las condiciones del nacionalismo uruguayo; es decir, los modos en que tanto el partido Colorado -en particular el batllismo-, las izquierdas partidarias (como el partido socialista o comunista), pero también el partido Nacional (y sus fracciones) tuvieron para gestionar la defensa de la soberanía, de la cultura y del futuro de un país en el marco de la Segunda Guerra Mundial y de la Guerra Fría.[9]

A fines de los años cincuenta, la coyuntura era otra. La “crisis estructural” pareció afectar todos las áreas sensibles para el desarrollo del país, y la victoria herrero-ruralista fue explicada en parte por esa crisis, que al mismo tiempo se adscribía a los límites del batllismo encarnado en el neo-batllismo (Espeche, 2011). Es posible pensar que la recepción de los avatares de la Revolución Cubana también coadyuvó a la resignificación del nacionalismo vernáculo (resignificación que debería leerse como parte del armado de un esquema que tenía como primer antecedente el ataque norteamericano a Guatemala en 1954) y que entonces dejó la puerta abierta para reconsiderar las apuestas del herrerismo tanto dentro como fuera del Partido Nacional. Apuestas que sin desconocer la insistencia del herrerismo en la derecha, y especialmente su otredad respecto del batllismo, tenían en cuenta su defensa de la soberanía contra los imperialismos (sobre todo el norteamericano), por una parte y, por la otra, de la integración subcontinental. Para comprender estas últimas afirmaciones se vuelve necesario un pequeño derrotero por la historia de ese partido y de sus diversas fracciones.

Nacional, blanco, radical, demócrata social: derechas e izquierdas

La historia del Partido Blanco/Nacional hasta las postrimerías del siglo XX, según el armado que legó Pivel Devoto, liga a la divisa blanca con el partido Nacional sin fisuras. Pero bien sabemos que los partidos políticos buscaron en la interpretación del pasado formas de sellar pertenencias e identidades estableciendo linajes de acuerdo a los desafíos impuestos por determinadas coyunturas político-partidaria (Demasi, 2008). Sólo a modo de ejemplo puede citarse la distancia entre las palabras de Bernardo Berro, cuando oficiara de publicista en el Cerrito de los “blancos” de Oribe con sus palabras posteriores, estimando a ambos partidos como perniciosos, desde su nuevo lugar de líder principista.[10] Berro había afirmado en un principio que Montevideo era la “ciudad de los europeos”, una “colonia disimulada”, que luchaba contra los “verdaderos orientales y americanos”. Así, blancos y xolorados delineaban atribuciones americanistas unos y europeístas los otros.[11] Pero años después, tras el final del largo conflicto, el mismo Berro sentenciaba que “El Partido Blanco y el partido Colorado no están separados por ideas”. A esta afirmación le seguía una férrea lógica en la que la división era, finalmente, “toda personal, o corresponde solo a las personas de que se componen”. Entre el momento de la Defensa y el Cerrito y ese nuevo momento de la política, se había abierto una distancia abismal: de la divisa al partido ligado a una persona; del partido ligado a una persona al partido ligado a aquel que “pugnara” por celebrar doctrinas.

En 1872 se fundaba el Club Nacional con la idea que mantenía una parte de la dirigencia política, a pesar del regreso de los conflictos entre blancos y colorados, de seguir equidistantes de los partidos y a la vez reafirmar sobre sí la identidad del “partido de la Nación”. Sin embargo, en 1891 el acta orgánica del Partido Nacional retomaba el viejo ideario del Cerrito con la divisa blanca. Aun así se manifestaban algunas diferencias respecto de qué héroes el partido debía celebrar, teniendo en cuenta que “Blanco”, por entonces, también implicaba el peligro del retorno a la guerra civil. Esa selectividad se advierte de manera evidente en el caso de la recuperación de Oribe, a la sazón el creador de la divisa blanca, para quienes lo redimían en una lucha interna por la hegemonía del Partido Nacional en las primeras décadas del siglo XX.

A principios de los años veinte y en el marco de esas disputas, una tendencia relativamente nueva disputaba el relato de la historia partidaria: el radicalismo blanco liderado por Lorenzo Carnelli, al que se opusieron Luis Alberto de Herrera y el resto del Partido Nacional. De hecho, el radicalismo blanco entre 1916 y 1924 asumiría en lo “blanco” -signado por la referencia a Manuel Oribe- un lugar para disputar la hegemonía sobre el pasado y el presente partidario, especialmente al herrerismo (Zubillaga, 1979). Y es allí donde la divisoria derecha-izquierda se superpone a la identidad del Partido Nacional. Carnelli esbozaba ese “ser blanco” distinguiendo el modo en que, por ejemplo, el herrerismo, asociado por Carnelli con el conservadurismo y los sectores rurales de más altos ingresos, había dominado el partido, con una constante referencia a la disciplina partidaria, una excusa que no dejaba crecer ni la presión ni la expresión de los obreros en el partido (Zubillaga, 1979: 99). El herrerismo, bajo esta nueva luz, no podía representar más que a las clases terratenientes y poseedoras. El radicalismo blanco, a diferencia del herrerismo, era intransigente. Esto es, como si pusiera en duda la posibilidad misma de que el herrerismo fuera, en realidad, esa “corriente popular” que permitiera un amplio espectro de posiciones según la caracterización de Zubillaga (1979: 23). Eso podía ser el Partido Nacional como una totalidad pero no el herrerismo. En este sentido, el interés de los carnellistas era el de recuperar una tradición adosada al partido como representación de las clases populares. Así, Carnelli podía afirmar que el Partido Nacional tenía

“el número mayor de trabajadores, el más antiguo y puro obrerismo como que se formó fuera del presupuesto, por la acción fecunda y realizadora (…) los obreros blancos se han acostumbrado a posponerlo todo a la mentida unidad partidaria” (en Zubillaga, 1979: 99-100).

Los reclamos que eran considerados como tradicionales del Partido Nacional, esto es, libertad electoral, pureza del sufragio y representación proporcional, resumidos en el “pluralismo”, lo eran a su vez por el radicalismo en función de que dentro del partido Nacional se cumpliera con la lógica pluralista que éste demandaba de la vida política del país a los colorados (Zubillaga, 1979: 13). Es interesante que, al momento de ser desafiliado del Partido Nacional, Carnelli y sus seguidores armasen un partido por fuera del Nacional al que llamaron “Partido Blanco”.

El radicalismo blanco fracasó en su disputa con el herrerismo. Podría decirse lo mismo del itinerario dentro del partido de la Asociación Nacionalista Demócrata Social (ANDS), fundada por el abogado, latinoamericanista e impulsor del mítico semanario Marcha, Carlos Quijano. Como sublema del Partido Nacional se presentó a elecciones en 1928 ganando dos bancas de diputado, una de las que ocupó Quijano hasta 1931. De allí en más perdería votos y abandonaría toda tentativa electoral públicamente en 1958. La ANDS tenía como principios la democracia, el socialismo, el nacionalismo-antiimperialismo; este último definido como: “(…) una política de creación o de vigorizamiento de la nacionalidad, de estudio constante de nuestra realidad, de soluciones, ya lo hemos dicho, basadas en esa realidad” (Quijano, [1933] 1989). Otra de las fracciones en las que el Partido Nacional ya se había desgajado era el “Partido Nacional Independiente”, en 1931, consolidándose esta división ante el apoyo herrerista al golpe en 1933, y que a comienzos de los años 40 protagonizó una disputa encendida con el herrerismo por la historia partidaria, sostenida en sus órganos de prensa El país (Partido Nacional Independiente), El Debate y La Democracia (fracción herrerista) (Rilla, 2008:318-338)

De este modo, la relación con qué pasado era el pasado blanco-nacionalista no fue en general homogénea; el propio Herrera transformaría más tarde en positivas sus consideraciones sobre el oribismo (cuando durante los años 20 había abjurado de Oribe como caudillo, en especial para diluir así su propia participación en las huestes del caudillo Aparicio Saravia[12] en la guerra civil. Herrera recuperaba del prócer, y a los efectos de una determinada política partidaria signada por la coyuntura, la “tradición” del partido Nacional opuesta a la intervención foránea, tal como Oribe lo había hecho enfrentándose a Francia e Inglaterra (Reali, 2005).

Esa coyuntura se veía marcada por las tratativas norteamericanas del establecimiento de bases navales en el país en la década de 1940. La falta de consenso sobre el proyecto de erección de un monumento a Oribe en pleno centro de Montevideo en 1961 (bajo gobierno herrero-ruralista) permite ver las disputas por la legitimidad en el presente a partir de la recuperación de una línea que unía presente y pasado sin cortes abruptos (Reali, 2004: 56-57). Algunos temas eran parte de un disenso dentro de lo que se suponía era una “misma tradición” que unía, para empezar, “blanco” con “nacional” (en el sentido del “Partido Nacional”). Los conflictos dentro del Partido Nacional sobre cuál era el verdadero relato de su historia se pueden comprender en el marco de la salida del terrismo, esto es, a partir de 1942. Pero también a la luz de la divisoria de aguas que marcó la Segunda Guerra Mundial entre aliados y neutralistas en la región (Rilla, 2008). Así, el neutralismo herrerista -y sus escarceos con la política peronista, que incluso llegara a aportarle cuadros para la campaña en las elecciones de 1946- dispusieron sobre Herrera la acusación más de una vez esgrimida de que apoyaba al fascismo; el ruralismo también fue acusado en esos términos a fines de los 50 (Alpini, s/f; Trigo, 1990: 172).

El herrerismo puede ser pensado como el “otro” del batllismo, una corriente de pensamiento nacionalista y conservador. Esto es, nacionalismo tomando como base la asociación con la región y el sub-continente, pero sobre todo con los países que habían sido parte del virreinato del Río de la Plata. Su actividad político-partidaria estuvo signada por la institucionalización del orden social existente, y en las tradiciones buscó el modelo por el que ese orden debía tornarse rector de la vida partidaria. En la educación destacó, a diferencia del batllismo, sucesos y personajes americanos y nacionales y durante la Segunda Guerra Mundial promovió la neutralidad (Reali, 2005: 1675). El sector herrerista supo negociar, cuando le fue conveniente, tanto con el batllismo como con sectores colorados anti-batllistas.

El Partido Blanco/Nacional y la identificación derechista: entre la Segunda Guerra Mundial y la Revolución Cubana

La “reconstrucción” del Partido Nacional se llevó a cabo bajo el liderazgo herrerista en el marco de las elecciones de 1958, momento en el que Carlos Quijano denunciaba en uno de sus famosos editoriales que esa reconstrucción era una “calcomanía” de las que había realizado el Partido Colorado (Quijano, 1958: 4-1). En definitiva, que lo que se presentaba a elecciones era apenas “una conmixtión de fuerzas”, que ya no podría tener lo que aspiraba Quijano, unas “grandes y pocas directivas comunes”. Así, irónicamente, afirmaba que el herrerismo, defensor del antiimperialismo y el anticolegialismo, votaría por quienes defendían la “intervención multilateral”. Esto es, defensor de la soberanía uruguaya ante el avance norteamericano en los años 40, y contra el colegiado propugnado tempranamente por el batllismo (para después pactar en 1952 una modificación constitucional para hacerlo posible en las elecciones de 1958), se aliaba a su vez con sectores del propio partido –como el Partido Nacional Independiente- de cuyas huestes había salido la propuesta de intervención multilateral en la Conferencia de Chapultepec en 1947 (la doctrina Rodríguez Larreta).

Herrera se alió con la Liga Federal de Acción Ruralista a los efectos de ganar las elecciones en noviembre de 1958. Esa alianza fue objeto de numerosas críticas propulsadas entre otros por los intelectuales de mayor prestigio del país, tal como Quijano. En algunos casos, mereció la defensa absoluta de quienes, como el ensayista e historiador Alberto Methol Ferré, consideraban que el ruralismo y el Partido Nacional venían a descubrir en Uruguay la campaña, América Latina y, sobre todo, sus clases populares (Methol Ferré, 1958; 1967). Por el contrario, para el historiador Carlos Rama, esa alianza sólo podía explicarse en los términos del rédito político que sacaba un partido, su fracción hegemónica y, sobre todo, la agremiación de los terratenientes, sobre la crisis estructural. Sobre ello argumentó en Marcha (Rama, 1958). Y con ello encendió una breve polémica en la que participó el ensayista e historiador Roberto Ares Pons (Ares Pons, 1958). Carlos Rama escribía con temor y se preguntaba si en Uruguay era posible un “fascismo uruguayo”. Y lo analizaba determinando que 1958 traía no sólo el acabose del mito de una izquierda dentro del Partido Blanco (el alejamiento de Quijano era un ejemplo de ello) sino también una derechización final de ese partido y en general de todo el espectro partidario (de las tendencias dentro del lema; de la Unión Cívica, representante del catolicismo). Además de comparar los años 30 con ese fin de década, entre la Guerra, la crisis, el nazi fascismo y la posibilidad de otra guerra, llamaba a la unidad de las izquierdas.

Roberto Ares Pons le contestaba que había que detener las analogías. No sólo que los años 30 no eran -no podían ser- los 50 (porque las condiciones tanto nacionales como internacionales eran diferentes) sino porque la izquierda y la derecha europeas no tenían nada que hacer en América Latina. El ruralismo, contradictorio sí, y no se podía prever qué dirección tomaría dentro de él la lucha de clases, ni podía ser identificado con la vieja Federación Rural, que representaba a los grandes propietarios. El artículo finalizaba con la afirmación de que no había que “empujar al desconocido a las trincheras del enemigo”, esto es: a quienes pudieran hacer del ruralismo una fuerza muy distinta del fascismo.

Pocos tiempo después de la derrota del Partido Colorado y, sobre todo, de la fracción liderada por Batlle Berres, el diario Acción publicó dos recuadros que dejaban en claro que el futuro seguía del lado del batllismo y de sus sucesores. Batlle Berres era el director del diario y éste era el el órgano de prensa de esa lista:

La lucha contra el imperialismo la llevó adelante Batlle y Ordóñez, que fue quien le marcó el rumbo a su partido y a la república. Sin nacionalismos peligrosos, que han desembocado muchas veces en el atraso y en la regresión; por el camino levantado del respeto al derecho y a las libertades colectivas, el Batllismo ha desarrollado ese principio. La perspectiva de algunas décadas, que han dado a nuestro pueblo la posibilidad de autodeterminarse y de labrar su propio destino, confirman el principio y marcan la obligación de seguir trabajando porque no nos desviemos de él.

Teniendo en cuenta que la Revolución Cubana había triunfado, era valorada por su antiimperialismo, que para el autor del recuadro remitía también a la propia historia del batllismo. Esto último interesa ya que la definición de que el batllismo había luchado “contra el imperialismo” y “sin nacionalismos peligrosos” parecía una defensa a una de las acusaciones que eran comunes sobre el batllismo y sobre sus legatarios: su cercanía a las directrices de los Estados Unidos y su alineación panamericana. Y, al mismo tiempo, era una acusación sobre el carácter del partido en el gobierno: el nacionalismo “peligroso” tanto del Partido Blanco como de la Liga Federal de Acción Ruralista. En definitiva, un nacionalismo no batllista.

Interesa remarcar la afirmación de que el herrerismo-ruralismo en el poder era, no podía ser sino, un “nacionalismo peligroso”. Quizá una de las claves para comprender que ciertas particularidades del herrerismo se hicieran digeribles, o que el ruralismo tuviera amplio apoyo en el Uruguay liberal en crisis de fines de mediados del siglo XX fuera justamente que lo que estaba redefiniéndose eran los criterios, el alcance y los significados del nacionalismo. Quien lo expuso más claramente fue el crítico literario y docente Ángel Rama –fundamental en el armado de un canon de intelectuales uruguayos y latinoamericanos-. En un compendio-análisis sobre los intelectuales uruguayos de medio siglo afirmó que:

De 1955 en adelante asistiremos a un renacimiento del nacionalismo que se presenta como un reencuentro con el país dentro de condiciones progresivamente dramáticas. Durante los años anteriores, el nacionalismo agrario y antiimperialista de Luis A. de Herrera había sido eliminado de toda función dirigente y severamente combatido por un abanico de partidos que iban de los liberales al comunista. Salvo en el campo de la historiografía –de reivindicación partidista militante- ese nacionalismo no había incidido en la vida intelectual durante el período internacionalista y aun su función antiimperialista solo alcanzó predicamento a través de un sector que parcialmente se le había desprendido pero que abarcaría muy distintas ideologías: se le conoció como “tercerismo”, predicando la neutralidad en el conflicto 1939-1945 con una doble crítica a las fuerzas en pugna. El partido nacionalista solo llega al poder a través de la descomposición política que rodea ese año 1955: es la adopción del poder ejecutivo colegiado en 1952 y el crecimiento del movimiento de masas rurales acaudilladas por Nardone que pega un primer golpe a la dicotómica y rígida organización de los partidos políticos (Rama, 1972).

¿Qué significó allí esa caracterización del herrerismo? Quizá es posible leer esas palabras teniendo en cuenta tres datos. Por una parte, un dato que es fundamental a la hora de revisar la configuración de los nacionalismos en América Latina: la Revolución Cubana. La experiencia de Cuba condicionó ciertas revisiones de los pasados nacionales y, sobre todo, de ciertas expresiones y experiencias políticas. Si, podría decirse, condicionó las revisiones del peronismo en Argentina, otro tanto sucedió con el herrerismo en Uruguay (cuestión que claramente sugiere la realización de investigaciones conexas y que aquí dejo sólo planteado). En todo caso, ayudó a separar el “nacionalismo” de la “derecha” y, también, a reafirmar las búsquedas de las “izquierdas nacionales” tan fructíferas por esos años y que exceden en mucho el marco geográfico del Río de la Plata pero, al mismo tiempo, obligan a tenerlo como ángulo de toma privilegiado. Por otro lado, Rama ya había dado su caracterización del Partido Nacional en el poder en 1965 (durante el segundo mandato de ese partido) y de la crisis en Uruguay: la crisis no debía ser adjudicada solamente al batllismo, y además el partido en el gobierno estaba en consonancia con la derechización de todo el subcontinente. En este sentido, esa derechización se vinculaba fuertemente con un nacionalismo “provinciano”, no latinoamericanista y no cosmopolita. Y, finalmente, el dato del presente de la enunciación: en 1972 la presidencia estaba a cargo del colorado Jorge Pacheco Areco. Éste realizó un ajuste para estabilizar la economía del país sustentado en la utilización de todo el aparato coactivo del Estado: la implementación de Medidas Prontas de Seguridad, censura y clausura de diversos órganos de prensa y la prohibición de partidos políticos. Además, su gobierno fue sospechado de connivencia con organizaciones de extrema derecha y grupos paramilitares (Caetano y Rilla, 1995: 223). Era la representación más cabal de la derecha en el poder.

 

Algunas reflexiones

 

En 1958 el triunfo de la alianza herrero-ruralista hizo visibles otras opciones a la tradición colorado-batllista. La revalorización de la campaña y la vinculación con el sub-continente parecían recuperar lo que el batllismo habría dejado de lado. Esto no supone que quienes adscribieran a esas recuperaciones fueran necesariamente afines al ruralismo o al herrerismo. En la definición de éstos como opciones ideológicas ha sido generalizado el componente de derecha y conservador, pero ello no implica que quienes podían compartir ciertas críticas al batllismo necesariamente lo hicieran desde la derecha del espectro político, si bien podían coincidir en algunos de los reclamos que, vinculados a la “campaña” y a “América Latina”, parecieran pasibles de ser identificados con el herrerismo y el ruralismo.

Derecha e izquierda, igualmente, por ser contextuales no definen su existencia como palabras que cambian de lugar y que entonces modifican mecánicamente sus alcances (qué y cómo designan). Pero, al mismo tiempo, para ser cabalmente entendidas necesitan de explicaciones y de un armado todo lo comprehensivo que se pueda de su contexto de posibilidad. 1958 puede ser tenido en cuenta como epítome para estas discusiones en Uruguay, porque además dejó abierto un cauce de preguntas sobre las características del nacionalismo uruguayo –y el tipo de distancias ideológicas y políticas entre derecha e izquierda- que sería retomado con un peso específico luego de la Revolución Cubana.

Este ensayo necesitaría completarse con trabajos a futuro en los que, por ejemplo, se revisara cuánto y cómo de la formulación sobre el nacionalismo (pero también sobre el latinoamericanismo) afectó la adscripción de estos partidos y sus fracciones en la derecha o la izquierda del espectro ideológico. Cuánto pareció que la disputa entre derecha e izquierda, entre los partidos tradicionales, entre sus fracciones, entre los partidos tradicionales y las izquierdas partidarias pendió según coyunturas específicas del hilo conductor del nacionalismo. En el caso del Partido Nacional, la cuestión de “lo blanco” (a la que hace referencia el epígrafe del inicio) permitiría explicar quizá el peso del antiimperialismo, el americanismo y la búsqueda de un nacionalismo no batllista como el marco de la disputa por la hegemonía ideológica (derecha-izquierda) del partido.

¿Cómo citar este artículo?

Espeche, Ximena, “’¿Es posible el fascismo en Uruguay?’: nacionalismos, izquierdas y derechas”, en Bohoslavsky, Ernesto y Echeverría, Olga (comps.) Las derechas en el Cono sur, siglo XX. Actas del tercer taller de discusión. Los Polvorines, Universidad Nacional de General Sarmiento, 2013. E-book

Bibliografía y fuentes

Acción (1959), “República ejemplar” (editorial), 7 de enero, p. 3

Alpini, Alfredo (s/f) “Uruguay en la era del fascismo”. Disponible en http://fp.chasque.net/~relacion/9909/uruguay.htm

Andatch Fernando (1992) Signos reales del Uruguay imaginario, Montevideo, Trilce.

Ares Pons, Roberto (1958), “Es imposible un fascismo uruguayo”, 18 de diciembre, p. 6-10.

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